>> Extraño

«Un día precioso y reluciente junto al agua, con la luz marina nítida y clara. Qué cosa tan extraña es el mar. ¿Pero acaso es menos extraño el cielo? Este mundo y todos nosotros, Robinsones que hemos naufragado en él» (John Bauville).

Mi hija pequeña contaba cinco años, todos los días la llevaba al colegio. Andando, en agradables paseos durante los que utilizaba mi ingeniosa imaginación para contarle fantásticos cuentos e intentar dar respuesta a sus imprevistas preguntas.

Algunas podía afrontarlas con cierta desenvoltura: «¿con qué se hace el cristal, papi?»; «Con arena, como la de la playa»; «¿Puedo tener una tienda de ropa cuando sea mayor?»… 

Cierto día me hizo una de las difíciles, de las que tenía que pararme un rato a pensar disimulando con cualquier excusa, intentando encontrar en mi imaginación alguna salida que tuviera cierta lógica: «¿A dónde vamos cuando morimos, papi?».

La pregunta encerraba una afirmación que al parecer ella ya asumía; es decir, que después de morirnos algo seguimos siendo.

Estábamos aproximándonos a un paso de peatones cuyo semáforo se nos ponía en verde en ese momento, e inicié el cruce de la calzada con cierta premura, tirando un poco de su mano para distraerla de su pregunta con la justificación de cruzar la calle antes de que el semáforo cambiara de nuevo. ¿Tendría tiempo mientras tanto de idear algo?…

No fue necesario; ella misma encontró la respuesta y, ya en el otro lado de la calle, esperaba mi confirmación: «¿Nos convertimos en angelitos, no, papi?». «Exactamente —contesté enseguida, aliviado—. ¿Ves qué lista eres?».

Así pues, ella ya estaba al corriente de a dónde vamos. Lo curioso es que el «de dónde venimos» no parecía inquietarla demasiado. Parecía estar conforme con lo que ya sabía; que los niños se hacen en el vientre de las mamás. Ello le resultaba extraordinariamente hermoso y conmovedor. Saber que allí se había hecho su personilla, en la barriguita de su mamá, era algo que la reconfortaba. Y esa especial sensación parece que  ya era suficiente satisfacción como para no sentirse necesitada de más explicaciones. Menos mal.

Tras dejarla en el colegio, mientras me dirigía a tomar un café, me vino a la memoria un pasaje del Nuevo Testamento (Marcos 12-18) en el que los saduceos intentan poner en aprietos a Jesús con rebuscada pregunta. Querían que les explicara qué pasaría con una mujer que tras enviudar varias veces, se casara otras tantas. Habiendo tenido, pues, tantos maridos, ¿a cuál de ellos pertenecería en la otra vida? A lo que Jesús les respondía que entonces ya no habría hombres ni mujeres, que todos serían como ángeles en los cielos.  Al final hasta va tener razón mi niña.

Yo ya no recuerdo cuando empecé a preguntármelo todo —¿de dónde venimos, qué hacemos aquí, a qué todo esto?…—, pero sea cuando fuere, desde entonces no paro de interrogarme cada día de mi vida por esta extraña existencia.

Tomando el café con un amigo se lo comentaba. Él  me decía que suelo utilizar mucho la palabra «extraño». Es cierto, le contesté, y tras meditar un instante añadí que quizá sea porque así me siento frecuentemente. «¿Tú no?»; «pues no», me decía tan tranquilo. Y no pude evitar el echarme a reír; no sé si de él o de mí. Finalmente terminamos hablando de fútbol; ¿de qué otra cosa podíamos hablar?

Luego, tras despedirnos, regresaba a casa dando un calmado paseo en el que, recordando a mi niña, también me reía; ¿por qué no me lo preguntaste todo, cariño? Mientras yo pensaba tú me habrías encontrado las respuestas.

 

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*Imagen, J. Garrido – Diseño gráfico