>> Extraterrestre en Extremadura / 2

Capítulo 2 – Los números

En la tranquilidad del apartamento de mi nueva soltería, estrenada como consecuencia de mi reciente divorcio, me senté ante el ordenador, introduje la cifra en una tabla de cálculo y me dispuse a buscarle algún sentido, algún tipo de mensaje a aquella serie de números.

Empecé por examinar y combinar distancias espaciales entre planetas y satélites; Tierra, Luna, Marte, Júpiter… Incorporé luego las coordenadas geográficas, latitud y longitud de la zona donde se produjo el encuentro con el extraterrestre, realizando después operaciones matemáticas con grupos de datos cuyos resultados pudieran aproximarse, de alguna forma, a la cifra misteriosa. Y aquella carpeta que titulé «ETX», se me fue llenando de hojas de cálculos, dibujos, croquis de trayectorias imaginarias entre líneas de distancias planetarias… cuyos resultados no presentaban similitud ni proporciones con la misteriosa cifra de seis números. Incluso haciendo combinatorias con coma decimal que movía en cada nuevo intento desplazándola hacía todas las posiciones posibles. Nada, de todas aquellas operaciones no se derivaba nada.

Si mi extraterrestre, tal como demostró durante toda nuestra experiencia —la agilidad del aparato en el aire, su furtiva presencia ante mí sin despertar la atención del entorno, aquella conversación levitando…— poseía una tecnología y conocimientos realmente superiores, debería saber sobre el nivel de los nuestros, de los míos. Y en consecuencia, su mensaje tenía que prevenir la posibilidad de un correcto entendimiento por mi parte. Paciencia, me dije; puede que no sean necesarias tantas y tan complicadas conjeturas matemáticas y geométricas. Posiblemente solo tenga que estar atento, puede tratarse de una pista que se me revele en el momento oportuno; quizá en un número de teléfono, en la matricula de un coche…

Casi me da vergüenza decirlo. Pero creo que a cualquiera le habría tentado la idea. Me dio por utilizar los números para jugar a la lotería, a la primitiva…, prácticamente en todos los sorteos nacionales. Debido a que la estructura de la cifra no coincidía con las habituales de los sorteos, desarrollé un pequeño programa informático mediante el cual, según enrevesados razonamientos y combinaciones, obtuviera siempre una cifra interrelacionada con los números originales. Sin otros resultados que algunos premios de poca monta o reintegros. Incluso llegué a utilizar la estrategia de mi programa para generar una nueva clave de la tarjeta de crédito pensando que quizá me ayudara a sacar dinero mágicamente, sin que afectara a mi saldo con el banco… Pero, en fin, parecía estar claro que la misión del extraterrestre con aquellos números no estaba destinada a favorecer mi fortuna.

Sí, quizá realmente se trataba de un código que se me volvería a presentar en cierto momento y forma. Probablemente para señalarme una nueva cita, pues —«Poco tiempo…», recordé— no pudimos entablar una conversación.

Se me pasó la fiebre de los cálculos y las loterías, pero entonces me asaltó la de identificar aquella cifra en cualquier representación numérica y en cualquier sitio. Cuando paseaba por la calle atendía a todos los números que se me aparecían; en vallas publicitarias, en carteles con cifras de promociones bancarias, valores de bolsa, estadísticas publicadas en la prensa… A veces, en tanto esperaba en un paso peatonal, contaba las ventanas de los edificios y hacía multiplicaciones de horizontales por verticales, memorizando el resultado hasta el siguiente cruce; como interpretando, quizá, una ruta, un probable encaminamiento.

En una ocasión, teniendo que desplazarme en autobús urbano a cierta zona alejada de la ciudad, imaginé que, por las características del lugar a donde me dirigía —una zona del extrarradio, algo solitaria— y por la nocturnidad, podría tratarse de una ocasión apropiada para esa posible cita. Y que en el trayecto y para prevenirme, se me debería revelar, de alguna forma, la misteriosa cifra. Se me ocurrió ir contando los pasajeros del autobús y multiplicarlos por el número de la línea urbana. En determinada estación se subieron tres personas que, por falta de asientos, tuvieron que permanecer de pie. Asigné los viajeros sentados como enteros, y como decimales los que viajaban de pie. Luego probé a utilizar los que estaban de pie como divisores y… ¡vaya!, antes de terminar se bajaron en la siguiente parada confundiendo mi razonamiento. De mal humor ya, guardé la libreta llena de locas operaciones y empecé a pensar que estaba haciendo el indio y que tenía que olvidarme pronto de todo. Te vas a volver tan loco como tus cuentas, me dije; si ese número sirve para algo ya se te presentará, deja de preocuparte, ¡vive tranquilo!

En cuanto regresé a casa recogí todos los papeles llenos de cálculos, fórmulas y esquemas, que alborotaban mi escritorio y los guardé en la carpeta. La cual situé en el fondo de un cajón para mantenerla fuera de mi vista y de nuevas tentaciones.

Y empecé a recuperar mi paz interior.

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