1, Enero, 2021

España, autodestrucción de un país

Tras la dictadura, mayoritariamente contribuimos con ilusión a establecer la Constitución del 78, y durante cierto tiempo presumimos y nos sentimos orgullosos de una transición aparentemente modélica, estimulada con aplausos internacionales. Pero hoy, si nos paramos a hacer un análisis conjunto, aunque sea somero, de acontecimientos políticos, comportamientos sociales y sucesos indescifrables, así como del comportamiento de nuestros políticos y del curso que llevan los asuntos nacionales, surgen reflexiones sobre la necesidad de tomar algo más de conciencia respecto a nosotros mismos, los españoles. De nuestro hacer diario, sea cual sea nuestra actividad y nuestra ideología, de donde ponemos nuestro voto y cómo nos juzgamos y convivimos en esta vieja piel de toro que también padece graves problemas físicos y demográficos. En definitiva, nuestra historia de los últimos años no es muy ejemplar y nuestro futuro debería resultar preocupante a quien la palabra español le identifique y tenga algo de sentido común.

Autodestrucción política

ESPAÑA SE DESCOMPONE Y PIERDE CATEGORÍA INTERNACIONAL

Hemos de recordar que ya en el preámbulo de nuestra Constitución del 78 la izquierda independentista asesinó a un presidente de gobierno, y que la extrema derecha, a punta de pistola, mató a cinco abogados en pleno centro de la capital del país. Un país que en el siglo veinte a matado a tres presidentes de gobierno y a atentado contra un cuarto, algo que no ha ocurrido en ningún otro del mundo. Una nación que ha sufrido cuatro intentos de golpe de estado, dos de ellos con éxito, una sanguinaria —por ambos bandos— guerra civil, cientos de asesinatos terroristas y el intento de ruptura independentista de una autonomía, por el cual tenemos personalidades políticas encarceladas y un presidente comunitario huido haciendo el indio por Europa.

Y es que no sólo somos especialmente agresivos con nosotros mismos, sino también especialmente imbéciles y ridículos en el contexto internacional. Además de este abadejo en el exilio, tenemos a un juez inhabilitado por prevaricación que, intentando perseguir hombres malos por el mundo, lo único que realmente ha buscado es el protagonismo que siempre ha querido tener para hacer política populista. Quizá lo mismo que todo un expresidente embarcado —sospechosamente, por otro lado— a cada poco en el puente aéreo a Venezuela para apoyar con su presencia un gobierno corrupto, cuya vicepresidenta, que tiene prohibida la entrada en Europa, ha aterrizado en España conduciendo misteriosas maletas. Pero la actitud ridícula y la ineptitud internacional, asimismo, de nuestro actual gobierno llegan a crear situaciones tan grotescas como la de los policías españoles encapuchados en la embajada de México en Bolivia, y tan humillantes como ceder a todas las pretensiones inglesas sobre Gibraltar sin negociar nada a cambio —en un acuerdo calificado por el ministro de Gibraltar como de "punto sin retorno que supone renunciar a la soberanía del peñon definitivamente"—, así como a patear relaciones de vecindad que bien necesitamos.

En Enero de 2019, Marruecos aprobó en su parlamento dos proyectos de ley para ampliar la jurisdicción de sus costas invadiendo las aguas canarias, curiosamente dos días antes de la llegada en visita oficial de nuestra Ministra de Asuntos Exteriores. La falta de respeto a nuestro país fue —es— absoluta. Y la falta de inteligencia de nuestro ministerio para reconducir este delicado asunto, con un vecino con el que nos es imprescindible una cordial relación, también es absoluta. A la intencionalidad de estos proyectos de ley, el gobierno respondió con un paseo de los cazabombarderos F18 por los cielos de las aguas canarias. Ahora, casi un año después, el rey de Marruecos planta a nuestro presidente para recibir a una representación estadounidense, con la cual firma un contrato para el suministro de cazas de combate F35, los mejores y más caros del mundo. Este es el resultado de tan pésima gestión y chulesca reacción, Marruecos se ha convertido en un grave problema para España en los próximos años.

Nuestro proyecto democrático se inició de la mano de quien probablemente ha sido el mejor político de nuestra historia reciente, Adolfo Suarez. Hacer comparaciones con los actuales es lamentablemente penoso. Quizá porque en la política española las listas de diputados, los representantes del pueblo, son confeccionadas por el lider de cada partido, el cual escoge a afiliados manejables y no demasiado brillantes —no sea que le hagan sombra—, con lo cual se suele construir finalmente un Congreso de personalidades mediocres que obedecen, según la disciplina de partido, para asegurarse unos emolumentos que en el curso de una vida más normal probablemente no podrían alcanzar. Con tal plantilla, luego se desarrollan controvertidas leyes, a veces muy ideologizadas, sin tener en cuenta que en el Congreso se debe legislar para todos los españoles, no solo para el segmento de población del partido más votado, que incluso puede ser minoritario. Y es que, a esta débil cimentación de honestidad política, se suman los intereses de partidos extremistas y residuales, algunos independentistas, que sobreviven jugando con la ingenuidad de sus votantes y venden su particular cuota de mercado a cambio de concesiones también discutibles y marginadoras.

Inducido por las fuertes presiones de Cataluña para establecer su autonomía, el presidente de la transición desarrolló nuestro actual sistema de comunidades autónomas, el llamado “café para todos”. La autoadministración no es una mala idea si se gestiona correctamente, si no se duplican organismos, si no se disparan los costos de mantenimiento, si no contribuyen a la insolidaridad entre regiones, si no hay distinciones de trato desde el gobierno central y, sobre todo, si no se utilizan para crear procesos de desvinculación con el estado, enfrentando tanto a los propios habitantes entre sí como con otros del resto del estado… ¿Hay alguna autonomía que cumpla hoy todas estas justas obligaciones?

Con un Congreso lleno de mentes mediocres, partidillos revolucionarios que comercian con la ingenuidad de sus votantes y comunidades autónomas que nos tienen endeudados, algunas enfrentados, tergiversando la Historia, obligándonos a desenvolvernos con dialectos o idiomas locales —que enfrentan incluso a los niños—, haciéndonos parecer extranjeros en nuestro propio país cuando circulamos por sus calles o gestionamos con las administraciones locales… ¿qué nos falta para concluir que nuestra política es un completo desastre?... La corrupción, la financiación ilegal de partidos y el terrorismo de estado. Todo ello configurando un penoso panorama de asesinatos, torturas propias de países tercermundistas, fondos del estado —dinero del contribuyente— malversado, ministros, gobernadores y cargos públicos de todo orden encarcelados. Y algo quizá peor, terrorismo no solo con cientos de muertos inocentes, también incluyendo manipulación de medios informativos para derrocar un gobierno, sustituyéndolo por el que más desempleo y ruina económica ha creado en este país en toda su historia, y rematando la masacre con un sospechoso suicidio de los presuntos autores y una, también, sospechosa y deficiente investigación policial.

¿Realmente podemos presumir de una transición política modélica?... En este país de mini reinos extorsionando al estado, de políticos mediocres y líderes ineptos, medios informativos solapada o descaradamente ideologizados —no tenemos periodismo puro y neutral— ¿qué nos queda sobre lo que sentirnos orgullosos todavía?... Quizá que aún no hemos empezado a matarnos otra vez. Ciertamente, entre esta amalgama de inconsciencia, mediocridad y mal gusto que invade nuestro mundo político y medios informativos, hay valiosas personas, buena gente que brilla como pepitas de oro entre la basura. Solo nos queda tener fe en su estrella, ayudarles a que tomen protagonismo e influencia, alcancen el poder político lo antes posible y comiencen a gestionar el futuro de este país de forma honesta y eficiente.


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