El culo

 

Culo, ano, trasero, nalgas, tafanario... Sin duda el elemento más humillante de nuestra naturaleza. El culo nos recuerda nuestra ordinaria condición en el Universo. Pero, además, esa particular prominencia que arrastra cada cual durante toda la existencia, con su forma más o menos pronunciada, aporta a lo largo de la vida influencias en la personalidad.

Cuando yo era joven —más joven, quiero decir—, tenía el hábito de mirar profundamente a los ojos de las personas. Muy aficionado a todo lo que tenía que ver con la psicología, me parecía que la mirada, los ojos de las personas, eran el punto por dónde yo podía intuir sobre su personalidad y su verdad, la ventana que no podían disimular por la que yo podía acceder a su naturaleza, conocerlos y desentrañar su intimidad. Si eran buenas personas, si nos podríamos entender, hacer amistad, ligar, enamorarnos… Muchos amores se iniciaron en mi vida con magníficos diálogos previos de miradas que hablaban con más pasión y sinceridad que las palabras. En la época de mi pubertad, cuando todavía me inmovilizaban la falta de experiencia y la timidez, algunos diálogos oculares fueron tan especialmente hermosos y duraderos que tuve novias solo de miradas. Pero yo miraba a los ojos a todo el mundo, intentando averiguar qué se podía esperar de unos u otros, buscando complicidad o tratando de vislumbrar sus intenciones. Hasta que los años, y algunos trabajos meticulosos, hicieron estragos en mi vista.

Mis ojos perdieron agudeza, los oculistas me impusieron las gafas y las maravillosas sensaciones de las miradas profundas fueron desapareciendo de mi vida porque, desoyendo sus indicaciones por coquetería y comodidad, solo utilizo las gafas para cuestiones de detalles, hago la vida cotidiana sin lentes y ahora mis lastimadas pupilas solo perciben puntos borrosos, ligeros brillos que no transmiten emociones. Seguro que, entre otras cosas, me he perdido muchas novias.

Pero aquella costumbre de husmear en la personalidad de los otros, tan arraigada estaba ya en mi mente, en mi propia personalidad, que alguna manera habría de encontrar para seguir guiando mis relaciones o satisfaciendo mi curiosidad. Y así fue como, poco a poco, me fui acostumbrando a percibir señales sobre la personalidad a través de los movimientos corporales; más ágiles o más lentos, más espontáneos, impulsivos o calculados, de la gesticulación con las manos en las conversaciones, y las formas de caminar y contornear el cuerpo para muchas acciones en donde las nalgas, el culo, es el pivote central, con cuyas características físicas influye dotando a cada cual de ritmos identificativos de su personalidad. De esta forma descubrí cómo los movimientos pueden hablar y cuán grande es la influencia del cuerpo en el desarrollo de nuestra psicología, en donde el centro neurálgico de todos los movimientos son las nalgas, el culo.

Por otro lado, en este mundo que hoy vivimos —en el que la imagen tanto se promueve a través de fotografías, cine, televisión, internet— el culo forma parte del atractivo personal tornándolo tan interesante que tal perspectiva consigue paliar el testimonio más humillante de nuestra naturaleza. Una humillación que, no obstante, recordamos cada vez que nos obliga a abandonar las tareas cotidianas y acurrucarnos en soledad entre radiantes paredes e íntimos y lamentables vapores personales. Todos los seres vivos tienen culo, somos víctimas de la misma degradante esclavitud, excepto las plantas. En el mundo de lo vegetal reinan quizá los seres vivos más pulcros: las flores, con la belleza de sus formas y colores, y sin culo.

 

Noviembre, 2, 2020


*Imagenes, composición con originales de Pixabay (Alexas_Fotos, Amandad, Christels, Kalhh, Matthiasboeckel)

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