2, Octubre, 2020

Sueños paralelos

“La vida es entramado parcial de un tejido sin una mala puntada. No hay aciertos ni errores, cada equivocación personal es también otra vuelta de aguja igual de oportuna y necesaria” (Dios somos nosotros mismos).

Todos los días la veía en la playa. Desde que llegué a disfrutar de mis vacaciones a aquel pueblecito de la costa teníamos la costumbre de acampar en el mismo sitio, unos doce o catorce metros nos separaban. No solo me resultaba atractiva —aunque no era especialmente guapa—, sino como… familiar. Alguien de mi vida, perteneciente a mi existencia, a una existencia en la que, tenía la impresión, una incoherencia del destino nos había separado. ¿Cómo es posible sentir esto solo con encontrarte ante alguien que no conoces de nada, que no has visto en tu vida y reconocer, sorprendido, aturdido, casi hasta sospechar de tus facultades mentales, que forma parte de ti?... ¿Han vivido esta sensación alguna vez?

A mí me pasa de vez en cuando. De pronto, al intercambiar unas miradas o unas frases en un lugar público, puede ser una cafetería, un comercio, un supermercado… noto de inmediato el impacto de esta impresión. Como si esa otra persona y yo fuéramos extraterrestres infiltrados en este planeta y de pronto, al encontrarnos, nuestros chips internos se excitaran reconociéndose y despertando por unos instantes esa otra conciencia dormida, solapada a la de este mundo extraño. Frecuentemente, luego hemos de renunciar a nuestro magnetismo casi de inmediato tras descubrir que nuestras vidas ya están encauzadas con relaciones y caminos bien distintos, soportando cierta tristeza al comprender que cada cual ha de seguir con la misión que parece tener ya asignada.

Así me parecía ella, e intentaba mirarla con disimulo, estaba con su familia, con su esposo y sus niños; aunque lo notó pronto, sabía que la observaba. En algunas ocasiones se cruzaban nuestras miradas y yo apartaba la mía suavemente intentado no parecer indiscreto. Pero cada vez tardaba un poco más en despedir mis pupilas de las suyas, y a ella no le molestaba, parecía que incluso le complacía ser observada con el discreto agrado con que yo, inexorablemente, tenía que contemplarla cada día cuantas veces me fuera posible.

A decir verdad, ¿cómo no le iba a agradar?... Muchas mujeres ya cargadas de niños, tareas domésticas y deberes conyugales rutinarios, agradecen las miradas de un eventual admirador como bendita agua de lluvia en el casi seco arroyo en que se ha convertido su vida sentimental, o sexual, o ambas cosas. No es de extrañar, ante maridos toscos, calvos y barrigudos, como el que le acompaña. Él la mira casi como un mueble más de la casa, ella aguanta por los niños, por la familia… y su vida se consume tristemente, soñando de vez en cuando con un episodio de amor o de sexo con aquel señor que tanto la mira. ¿Con el señor de la playa?

Dejé caer la cabeza sobre la toalla tentado de recrearme en alguna fantasía con la vecina extraterrestre en mi siesta de cada día; ella también, si no la interfieren los niños, casi siempre hace lo mismo. ¿Soñaremos a un tiempo el uno con el otro?... “Sueños paralelos”, qué bien suena.

No sé cuánto tiempo había dormido, pero me desperté antes de lo habitual, era un día algo más caluroso, quizá eso me incomodó despertándome. Busqué enseguida con la mirada a mi vecina, pero no estaba. Solo los niños y el barrigudo de su marido permanecían en el lugar. Aunque me apetecía dormir algo más, decidí ir a comprar un refresco. Y en el paseo marítimo la encontré, a la entrada del supermercado, donde están las bebidas refrigeradas. Nos miramos enseguida y, ahora sin temor, mantuvimos nuestros ojos enfrentados durante unos instantes que me parecieron casi infinitos al principio y demasiado pocos luego, cuando fui consciente de que si no hacía algo se iban a terminar.

—Hola…

—Hola— me contestó con agrado casi familiar.

—Hoy hacía algo más de calor para nuestra siesta.

—Sí, no podía dormir y por eso vine a comprar un refresco.

—Yo también. Podemos dar un paseo por estas callejuelas de al lado, son estrechas y fresquitas, ¿le apetece?

—Oh, sí, creo que es una buena idea.

Caray, qué bien iba todo. Deambulamos por aquellas callejuelas cercanas al paseo marítimo hablando trivialidades. No surgía ningún tema interesante, ni falta que hacía, creo. Solo notábamos, ahora estaba seguro, un íntimo e intenso sentimiento de plenitud cada vez menos disimulado. ¿Flechazo, amor, sexo?... Era una sensación que parecía estar por encima de todo eso, en otro nivel, en otra dimensión; pero, como necesitando cristalizarse en algo tangible, fue despertando sensualidad, deseo y ese arrojo poco habitual de entregarnos lo antes posible, sin perder un segundo más… Mirando un escaparate de cursilerías turísticas deslicé mi mano hacía la suya suavemente, y sin el menor temor se enlazaron nuestros dedos tan automáticamente como engranajes programados. Unos pasos más adelante la abracé por la cintura, giré su cuerpo hacía mí, que parecía obedecer a ordenes divinas, y nos enzarzamos en sensuales besos. En plena calle, en plena tarde, sin temores, sin otra emoción reinante en el pequeño universo de nuestras conciencias que nosotros mismos; con un ardor inusualmente sereno, decidido a todo sin esfuerzo, aparentemente movido por una inercia completamente lógica que hasta aquellos instantes había sido equivocadamente retenida y ahora, liberada, llenaba de armonía todas nuestras sensaciones.

Algo aturdidos volvimos a pasear sin interesarnos demasiado por nuestro entorno, abrazados y mirando casi mecánicamente los escaparates. “Floristería Hortensia”, “Hostal San Hilario, habitaciones, 39 Euros, con aire acondicionado”…

—Aire acondicionado. ¿No crees que nos vendría bien refrescarnos un poco?

No contestó nada, me miraba fijamente conteniendo el deseo y asomando una sonrisa. Y sin más, nos adentramos en aquel hostal. Tomamos una habitación y allí, en ese sencillo lugar se unieron nuestros cuerpos y se encontraron nuestras almas extraviadas. Y abrazados, relajados luego, permanecíamos en silencio. Habíamos llegado hasta aquí prácticamente por puro instinto, sin conocernos, apenas hablando trivialidades tras intercambiar algunas miradas, y en un corto paseo nuestras manos, mágica sensación de piel con piel, se estrecharon iniciando una interacción física y mental tan armónica que parecía dictada por el Universo, como una repentina ley de la gravedad que nos afectaba a nosotros mismos de forma irreprimible, serenamente aceptada. No sabíamos qué decir, ni para qué. Se puede estar tan pleno, tan bien saciado física y emocionalmente que no hace falta nada más.

—¡Ah! Los niños— dijo de pronto.

Y comenzó a vestirse rápidamente, a ponerse su bikini negro y esa batita ligera y colorida que hace tan apetecibles a las mujeres en los días veraniegos.

—He de recogerlos y darles la merienda. Hasta mañana, cariño.

Con dulce y apresurado beso se me despidió, y me quedé tendido en la primitiva cama de aquella sencilla habitación mirando al techo sin mover un músculo, medio preguntándome, instantes después de su despedida, si se había tratado de un sueño, de una de mis acostumbradas fantasías con ella. Luego, con preocupación, me vino a la mente su marido y los niños… Yo la había arrastrado a una infidelidad; a ella, esposa y madre. ¿Sería capaz de volver a ir a la playa e instalarme en sus cercanías?... Cada vez que a partir de ahora vea a su marido y a los niños se me va a alterar la conciencia. Del placer, de la plenitud y la paz pasé a la inquietud, a sentirme culpable de aquella traición.

Así me debatía vistiéndome perezosamente, pensando que debía volver a la playa a por mi toalla y mi sombrilla. Decidí dar un paseo primero y relajarme, encargué unas cosas para que me llevaran a casa en el hipermercado de al lado y me dirigí, sintiendo un ligero nerviosismo, a mi parcela de la playa. Pero para tranquilidad mía, la vecinita y su familia no estaban, ya se habían marchado. Por lo que, siendo aún pronto y habiendo bajado un poco la temperatura, decidí terminar la siesta que aquella calurosa, pero mágica y dulce tarde, había interrumpido.

Me despertó el primer viento fresco del atardecer y el ajetreo de los bañistas cargando con sus trastos de vuelta a casa. Yo llegué a la mía, a mi apartamento, con cierto aturdimiento, con esa mezcla que era el buen sabor de la dulce experiencia y cierto cargo de conciencia. Un mensaje en la pantalla de mi móvil, que había dejado en casa sobre la consola de la entrada, me sacó del embrollo mental: “Cargo en su tarjeta de crédito, H. San Hilario 69€”. El cargo de la habitación del Hostal… Pero, ¿cómo que 69 euros?, el precio era 39 euros, bien claro estaba escrito en el cartel de la puerta.

Estas cosas me sacan de quicio. Los listos que se aprovechan de mi frecuente distracción. Claro, embobado me vería el conserje con la vecinita —por cierto, ¿cómo se llamaba ella?... ah, sí, Hortensia— y tiró de tecla. Pero se va a enterar, si pensaba que no iba a darme cuenta va a llevarse una sorpresa. Me daré una ducha e iré a reclamarle los treinta euros que me ha cargado de más.

Duchado y fresquito me dirigí al Hostal. En recepción no había nadie, solo una señora haciendo limpieza.

—Buenas tardes, ¿el conserje?...

—Buenas tardes, está en el cuarto, arreglando el termo. ¿Quiere una habitación?

—No, es por una factura.

—Pues espere un poco, o venga dentro un rato, en diez o quince minutos.

—Gracias, en tanto tomaré un café aquí al lado.

Salí y me acerqué a la cafetería de enfrente. Mientras cruzaba la calle buscaba con la mirada una mesa libre en la terraza, todas estaban ocupadas… y en una —sorpresa— estaba ella, tomando una cervecita, completamente sola. Enseguida nos descubrimos y me acerqué; curiosamente, si hace un rato tranquilo y decidido, ahora nerviosillo y emocionado. Ella me lo notó, e intentó disimular una sonrisa para no incomodarme, aunque sus ojos reían abiertamente sin casi poder evitarlo.

—Hola Hortensia.

—¿Hortensia?... Perdón, soy Rosa.

Caray, me quedé paralizado. Pero, como me pasa en algunas inciertas y apuradas ocasiones, mi cerebro empezó a deliberar internamente sobre la situación a gran velocidad… Ella me sonríe con alegría contenida —pensé—, pero quiere disimular, quizá el marido no esté lejos, o algunos vecinos… Conviene seguirle la corriente.

—Disculpe, pensé que nos conocíamos.

—Sí, claro, de la playa. Nos vemos todos los días.

—¡Oh!, es cierto, claro que sí.

—Pero siéntese si quiere, si venía a tomar algo no hay mesas.

—Gracias, tomaré también una cerveza. Aunque hacíamos suponer un encuentro casual de vecinos, estaba contenta, su mirada brillaba cada vez con menos disimulo.

—Pero me llamo Rosa— añadió.

—Yo, Antonio.

—Como mi sobrino, el pequeño.

—¿Sí?...

—Sí, el rubito, el que está siempre dándole a la pelota con mi hermano.

—Oh, ¿es su hermano… y los niños sus sobrinos?

—Sí, mi cuñada aún no tiene vacaciones y yo me encargo un poco de ellos.

Vaya nueva sorpresa. Y ahora a ella sí que le costó trabajo contener una carcajada al ver, probablemente, mi pasmado semblante, que inmediatamente se relajó al saber aquello. La verdad, no sé porque tuve que pensar que se trataban de sus hijos y su marido; es que presentaban esa típica imagen familiar… Pero, entonces, ¿por qué hemos de disimular nuestro encuentro?

—Perdón ¿me permite?

Un chico llegaba para sentarse junto a otros en la mesa de al lado, iba a mover la silla y una bolsa en el suelo le estorbaba.

—Sí, claro —contestó Rosa colocando la bolsa sobre una de nuestras sillas.

Y así, de pronto lo descubrí, en las letras bien grandes de aquella bolsa de plástico estaba la clave de todos mis misterios: “Hipermercado San Hilario”. Ella venía de hacer la compra en donde, ahora salí de mi ofuscación, yo había encargado la mía esta tarde, por 69 euros. “H. San Hilario…” no era la factura del Hostal, sino el apunte clásicamente reducido de mi compra de la semana, encargada en el mismo sitio que ahora Rosa me recordaba… ¡Uf, menos mal que el conserje estaba ocupado!, me dije enseguida; qué escena más ridicula me ha evitado, pues la maravillosa aventura de amor en aquel hostal fue una fantasía de mi sueño en la playa, tan intensamente percibida que desperté sintiéndola como una experiencia real vivida durante el intermedio de mi siesta.

Anonadado por unos instantes miraba la bolsa, pareciéndole como ausente a mi vecinita Rosa.

—San Hilario… —pronuncié casi mecánicamente, sin apartar la mirada de aquella estructura plástica que había roto de pronto mi hermosa tarde de amor—. Muchos sitios hay aquí que se llaman así.

—Sí, es el patrón del pueblo.

—Oh, ¿el patrón?... ¿Qué haría este buen hombre para llegar a ser santo?

—No sé, pero mañana empieza su fiesta, la verbena de San Hilario. Aunque toca en enero se celebra en verano porque en invierno hay poca gente y hace mucho frío.

—Qué bien —no lo pensé más, no estaba dispuesto a que todo se quedara en un sueño—, es la primera vez que vengo y no tengo amistades. ¿Cree que podríamos vernos mañana y hacerle un poco de honor a San Hilario en su verbena?

—No sé… quizá. Si mi cuñada aparece y me libera de los niños. Podemos hablar mañana, en la playa —contestó levantándose y recogiendo la bolsa, que con ese rótulo curvado de grandes letras blancas parecía tener vida propia y reírse de mí.

—Claro, estupendo, hasta mañana.

Me dejé caer sobre la silla y pedí otra cerveza, finalmente con algo de satisfacción. A pesar del chasco inicial había motivos para celebrar. Ahora ya nos conocíamos de verdad, había visto sus ojos risueños y agradecidos por mi presencia, y casi tenía una cita. Embargado por mi alucinación la había encontrado sola y me atreví a dirigirme a ella, descubriendo que no estaba comprometida, gracias al malentendido de la tarjeta de crédito.

Qué suerte, me decía mientras, caminando ya hacia mi apartamento, sonreía también al observar el escaparate de al lado: “Floristería Hortensia” … El subconsciente bautizó a mi vecinita según la costumbre de siempre, usar cualquier recurso que tenga a mano en la memoria para construir a toda velocidad, en el escaso tiempo de que dispone, las historietas de nuestros sueños.

Al día siguiente nos encontramos en la playa, afortunadamente liberada ella de sus sobrinos. Acercamos nuestras toallas, nuestras sombrillas y nuestras miradas. Y por la noche, bajo los farolillos de colores, también nuestras manos se abrazaron con el mismo deseo de la aventura soñada. Luego bailábamos sintiendo el suave calor de nuestro ardor como la atmósfera más natural, recordando divertidamente la accidentada fantasía que nos unió.

No hay que desconfiar del todo de los errores, a veces las equivocaciones sirven para poner armonía en los engranajes de la vida; estrategias del travieso subconsciente que, ocultamente, se rige por nuestras más intensas emociones.

* Imagen, flickr.com/edwardzulawski

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