02, Febrero, 2020

Percepción extrasensorial

Los incidentes de percepción extrasensorial espontánea suceden a veces cuando las personas menos se lo esperan.

Cierta noche, como me ocurre con frecuencia, me desvelé totalmente, era incapaz de dormir. Decidí entonces sentarme en la cama y tomar una de mis libretas de notas sobre estas cosas de la mente que tanto me inquietan para hacer repasos y apuntes. Cuando alguna nueva anotación no era de mi gusto, hacía una bola con la hoja de papel y me distraía encestándola en la papelera que tengo situada a unos dos metros más allá de los pies de mi cama. Unas veces acertaba y las pelotitas entraban limpiamente, y otras golpeaban el borde con suertes diversas o iban directamente al suelo. Como no debía de estar muy inspirado, las bolas de papel surgían a cada momento. Y empecé a preguntarme el porqué de unos "encestes" tan perfectos en ciertas ocasiones y tiros tan torpes en otras.

Así podría explicarse el proceso de forma sintetizada. Cuando el pensamiento y luego la intención se han perfilado inicialmente con suficiente nitidez en la mente, uno puede desligarse de ambas acciones una fracción de segundo antes de iniciarse la ejecución; y ambas, como formando una pareja bien compenetrada, en el último instante parecen tomar una especie de atajo que controla el subconsciente cuando, tras algún entrenamiento, ha archivado con su maravillosa capacidad ciertos parámetros.

El pensamiento consciente es una actividad física que tiene que congeniar con otra acción física, la del brazo. Y aunque pueden llegar a coordinarse y conseguir el objetivo muchas veces, el proceso nunca es tan perfecto como cuando el subconsciente se hace cargo del asunto. Es lo que ocurre, por ejemplo, en esos casos en que instintivamente nos apartamos, brusca y acertadamente, ante un vehículo que hemos visto en el último segundo y que casi nos atropella; nos apartamos correctamente sin pensar. Así, cuando, por un instante, dejamos de pensar voluntariamente, de inmediato dejamos el camino libre al subconsciente, que trabaja con más sutileza y muchísimo menos consumo de energía, y llega con plenitud a toda la estructura nerviosa y muscular trasformando el brazo en una prolongación del pensamiento, en el mismo pensamiento.

Haciendo tales razonamientos recordé mis apuntes sobre el pool (billar americano), juego al que soy muy aficionado y con el que llegué a lograr un título nacional. Más intuitiva que razonadamente, había escrito algo así años atrás. Cogí con cierto cariño una vieja carpetilla de notas y releí: «Deséalo hasta que el pensamiento se integre en ti; luego no pienses nada, el taco ahora es la prolongación de tu brazo».

Finalmente no había forma de coger el sueño y poco después me levanté. Me entregué a otras tareas y por la tarde fui a hacer la compra a un hipermercado, al anochecer. A esa hora, sin haber podido dormir, andaba casi como un sonámbulo. Entré en el supermercado y al pasar junto a la librería pensé en echarle una ojeada. Me paré en una estantería frente a un libro de Paulo Coelho, Como el río fluye. Lo cogí; abrí al azar para leer algo —era la página 30—, y leí: «Hasta que llega el momento en que ya no es necesario pensar. A partir de entonces, el arquero pasa a ser su arco». Curiosa casualidad.

Y hablando de libros, casi siempre llevo un libro cuando voy a tomar café a algún sitio tranquilo, pues me agrada leer algo durante ese ratillo. Cierta noche me dispuse a salir a tomar mi café nocturno y no tenía muy claro qué libro coger de entre los ocho o diez que leo al mismo tiempo, en turnos alternos, y que esperan mi decisión diariamente amontonados en la consola de mi cuarto. Tras examinar y dudar unos instantes, me decidí por uno que solo había hojeado, Inteligencia emocional (Daniel Goleman).

Al llegar a la cafetería y abrir el libro, comprobé que aún contenía en su interior el resto de un billete de avión a Tenerife. Aquel libro formó parte del equipaje de mano de mi último vuelo a la isla canaria, a donde solía ir para visitar a mis hijos. Pero ni siquiera lo empecé, pues, frecuentemente, la tensión que me embarga en los vuelos no me favorece la lectura. Y el resguardo allí se quedó, al principio, en la página en que el autor dedicaba su obra a una tal Tara… Cogí el resguardo y lo observé mientras recordaba el viaje.

Al día siguiente, a media tarde, recibí una llamada telefónica de Tenerife. Era una señorita: se llamaba Tara. Ella dirigía una revista turística y publicitaria, necesitaba un diseñador y había encontrado un anuncio mío en Internet en el que informaba de mis servicios profesionales... Tara, Tenerife, qué casualidad.

Este artículo se redactó en la noche de un sábado. Y poco antes de su escritura había estado intentando decidirme por alguna frase o pequeño párrafo inicial como acompañamiento del título. Dudaba entre una cita de Armando Palacio Valdés y otra de Ralph Waldo Emerson. La duda me estaba entreteniendo tanto que decidí dejar el asunto de lado, pensar sobre ello en otro momento y salir un rato a tomar mi acostumbrado café.

Doblé el papel de este escrito y me lo llevé para repasar, junto con el librito de turno. Releí el artículo al mismo tiempo que pensaba en la posible frase inicial, quizá la de Emerson, me decía; pero como tengo cierta torpeza para los idiomas, no recordaba bien en qué lugar de su nombre de pila (Ralph) tenía que colocar la «h». Bueno, déjalo, ya te decidirás, volví a decirme. Guardé el artículo en la carterita y me dispuse a leer mi libro del día.

Antes de salir de casa había seleccionado uno de Charles Berlitz, El mundo de lo insólito. Abrí el libro por la página en que había situado un marcador, terminé un pequeño capítulo, pasé la hoja y... caray; allí estaba lo que buscaba, en el siguiente capítulo: «Ralph Waldo Emerson y la señora Luther»... Vaya, me dije sorprendido. ¿No estaba yo pensando en cómo se escribía este nombre?... ¡Pues aquí está!

Y ahí no quedo mi sorpresa; luego comencé a leer:

«Los incidentes de percepción extrasensorial espontánea suceden a veces cuando las personas menos se lo esperan. Por lo tanto, con frecuencia son descartados como tales y se consideran meras coincidencias. Algo así le pasó a la esposa del matemático F. S. Luther. Alguien le preguntó si tenía algún libro del poeta Ralph Waldo Emerson. Ella contestó que no y no pensó más en el asunto. Poco después, sin saber por qué, se dirigió a su biblioteca, tomó una revista y abriéndola al azar se topó justamente con un artículo de Emerson».

La percepción extrasensorial existe más frecuentemente de lo que parece. Quizá más en personas con cierta sensibilidad, pero es una mágica realidad que nos sorprende curiosamente y que resulta dificil de manejar en forma totalmente consciente. Recuerdo otra anécdota que puede encajar en este tipo de experiencias, la relato en uno de los artículos sobre mis recuerdos: Un Self Service >>


*Imagen, Freepik.com

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