3, Noviembre, 2019

Dictadores, ¿cómo acabar con ellos?

La dictadura es tan antigua como la vida, pero con un poder e influencia que siempre es temporal, nunca triunfa de forma definitiva.

Una política que ni siquiera le sirvió a Dios, el primer dictador de la historia. Cuando solo contaba con dos habitantes en el también primer país del mundo a quienes había dado órdenes tajantes el deseo democrático de querer saber tanto como su gobernante impulsó al hombre a la desobediencia, a transgredir la ley. Por lo cual fue inmediatamente castigado; sin que con ello ni con correctivos posteriores escarmentara.

Finalmente, tras generaciones y frustraciones, Dios se dio cuenta de su error, de que la dictadura no era un buen método. Había que dar libertad al pueblo y arriesgar. Y en vez de mandar y castigar, se atrevió a enviar a la Tierra un mensajero con las fórmulas apropiadas para que el hombre encontrara la sabiduría que tanto ansiaba y además conviviera democráticamente:

«Si tienes fe suficiente, dile a la montaña que caiga al mar, y caerá..., —pues— el reino de Dios está en cada uno de vosotros..., —pero— ama al prójimo como a ti mismo».

Y aunque inicialmente la nueva estrategia no tuvo mucho éxito, desde entonces la receta se ha extendido por todo el mundo machaconamente y Dios parece mantener una extraordinaria paciencia a la espera de que termine dando resultado. Como convencido de que aunque suponga un largo proceso, es el camino más correcto: «Démosle consejos al hombre, en vez de mandamientos, para que él mismo se reconstruya» —parece pensar.

Pero en el ser humano persiste aún, como una especie de resto genético, esa ambición original: quiere ser Dios. Y, al menos en algunos, la herencia de aquella tentación estimulada por la serpiente se despierta con sensaciones internas de divinidad y un soberbio deseo de dominar y regir autoritariamente la comunidad que han conseguido someter o cuyo gobierno les ha sido confiado; de decidir sobre la forma de vivir, incluso sobre la misma vida y la muerte. Sin escrúpulos, sin otra conciencia que la de sentirse, como por especial derecho celestial, legalmente autorizados a ejercer la dictadura terrenal.

Y con esa particular ley que se arrogan, estos especimenes que aún florean los mapas del siglo XXI, visitendose de impunidad, mandan, abusan, roban, torturan, matan… y permanecen instalados en el poder, bien a través de las armas, del engaño y seducción de masas, o de una hábil manipulación de legisladores y legislaciones. A veces durante décadas y generaciones, gracias a arbitrarias sucesiones que prolongan sus dictaduras quitando al hombre la libertad que Dios le concedió.

Un Dios que permanece imperturbable ante las fechorías de estos semidioses; que no hace nada contra ellos, los mayores pecadores, y no pone trabas a sus ambiciones; que tras legarnos su último mensaje y a pesar de haberle matado el mensajero, parece tener decidido no volver a actuar, no utilizar la influencia de su poder en el destino de la humanidad. Dejando al hombre la responsabilidad de su existencia, con la carga de las consecuencias de sus propios errores en las tareas de corregirse a sí mismo. Entre ellas la de librarse de los dictadores, con toda lógica y razón: «Cualquier dictadura, lo que denuncia es vuestra ineptitud; vuestra ignorancia, debilidad, cobardía o complicidad. Habéis luchado, hasta obtener la libertad, contra la autoridad de Dios, ¿no vais a poder contra la de un hombre como vosotros?» —parece decirnos.

Así pues, no se trata ya de rezar sino de actuar. Es el pueblo sometido quien ha de tomar la iniciativa y revolverse contra su opresor. Ayudado, si es necesario, por otros pueblos cuyos regímenes asentados en la democracia deben constituirse como ejemplo protegiendo la libertad en cualquier rincón del planeta. Aunque antes de tal extremo, podrían aplicarse otras medidas, estrategias y legislaciones internacionales de disuasión para los gobiernos totalitarios. Un estamento como la ONU, en colaboración con otros organismos mundiales, tiene que perfeccionarse y reglarse para convertirse en el real y máximo promotor permanente de las libertades.

No debería, quizá, utilizarse el embargo económico contra un país donde la democracia y los derechos humanos no se garanticen, pues esto provoca carencias y sufrimientos añadidos a la población. Pero, por otro lado, no puede permitirse que una nación con algún tipo de régimen totalitario sea miembro de Naciones Unidas y que participe, por ejemplo, en los Juegos Olímpicos, o en otras competiciones, citas o conferencias internacionales. Disposiciones de este tipo han de convertirse en herramientas de presión y desgaste de dictaduras personales o partidistas, en referencias de rechazo y como elementos revulsivos y estimuladores para los pueblos todavía oprimidos. Pues recordemos que frecuentemente, tanto los partidos totalitarios como esta pandilla de fantoches, payasos y crueles reyezuelos, utilizan los éxitos internacionales de sus ciudadanos, especialmente los deportivos, como propaganda y medio influyente, como un exponente que confirma el acierto de sus políticas confundiendo las emociones de su población.

Actuemos sin temor defendiendo la libertad, el derecho más valioso que Dios nos concedió.


*Imagenes, Wikipedia:

Eneas de Troya, Fabio Rodrigues Pozzebom,

Kremlin.ru, Dan Savino,

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