28, Junio, 2019

La España de las Dictaduras

Era una tarde azul, de cielo y mar, de suave sol tropical, aquietada, serena. El tiempo transcurría en un impávido sosiego que contrastaba con la excitación interna que me invadía. Cumplía el servicio militar como cabo de telecomunicaciones en un viejo barco de La Armada atracado en Las Palmas de Gran Canaria.

Terminada mi jornada y el almuerzo, me vestía con el blanco uniforme de paseo envuelto en extraña sensación, en un hormigueo de curiosidad y ansiedad por salir de entre las paredes metálicas del destructor y recorrer la ciudad. De observar el mundo como si de algo nuevo se tratara. Me intrigaba en qué podría notarse la nueva vida que aquel día parecía comenzar: «la España sin Franco»... Era el 20 de noviembre de 1975, el día en que el dictador murió.

Solo, paseaba por calles y plazuelas observando a la gente, los turistas, el tráfico, las cafeterías, las tiendas… Y nada parecía distinto, el discurrir cotidiano aparentaba imperturbabilidad. Cualquier tipo de ambiente denotaba tanta normalidad como otro día de semanas, meses o años atrás. Franco había muerto, pero la vida, como cantaba Julio Iglesias, seguía igual.

¿Cuándo y cómo empezarían a advertirse aires de nueva libertad, de desahogo de esa especie de corsé de la vida que había sido la dictadura?

Un año después, colgado de los quioscos de prensa, aparecía el fresco desnudo de mi eterno amor infantil: Marisol (Interviú, septiembre de 1976); en un otoño que se hizo primavera de pronto ante el esplendor de esa desnudez de flor rematada con inmensos ojos azules. El llamado destape comenzaba, la era en que ya, liberados de la rigidez impuesta por el dictador, podíamos ver la carne impresa. Dos años más tarde, en 1978, los españoles ratificábamos la Constitución democrática, el documento definitivo, la legislación de la libertad y el olvido de censuras y represiones. Todo ello vivido en una atmósfera de condescendencia general y optimismo. La España que solo era sol, toros y castañuelas para el mundo, despertaba, se hacía mayor, estrenaba Constitución y democracia con el aplauso internacional que nos reconocía una transición política modélica.

Y la fiesta continuaba; se desarrollaron las autonomías, nacieron los partidos políticos, llegaron las cadenas privadas de televisión, nuevas emisoras de radio, periódicos y revistas liberales. Y el sexo, mucho sexo. Impreso, filmado, televisado, inmiscuyéndose con cualquier pretexto en cualquier tema y medio... Una borrachera de novedades, de libertades, de nuevas actividades, coloquios y entretenimientos que, quizá, han distraído del desarrollo de la perspectiva que ahora podemos observar.

El verdadero cambio se ve hoy, unos cuarenta años después de aquella tranquila tarde de noviembre en que bajé a tierra por el puente de mi viejo destructor con la curiosidad y excitación del marinero que atraca en un mundo nuevo. Hoy se entrevista en Televisión Española al etarra Otegui, apenas a unos días del aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, concejal del Partido Popular en Ermua, en 2011. Secuestro que se convirtió en tortura y asesinato casi en directo; que fue comunicado, en nombre de ETA y como era habitual en muchas de sus acciones, al diario Egin, cuyo redactor jefe, Martín Garitano Larrañaga, ha llegado a ser Presidente de la Diputación de Guipúzcoa, el dirigente con más poder oficial de Bildu. Partido político legal gracias a un entramado oficial en el que, extrañamente, el Tribunal Supremo y el Constitucional tienen opiniones distintas respecto a la relación de la organización con la banda armada.

Hoy, la bandera de España es apartada en Ayuntamientos y despachos oficiales de la provincia guipuzcoana y de numerosos lugares de Cataluña. Hoy también es noticia la discriminación en la selección de profesionales, médicos y profesores que, incluso e Mallorca, son apartados amenazados e insultados por mantener su intención de hablar y enseñar en español.

«España, español», son palabras que se han ido sustituyendo con promoción partidista y condescendencia gubernamental por las de «país, estado, castellano»... que, aun siendo acepciones correctas, fundamentalmente se utilizan de forma consciente para huir de la expresión y concepto de nación, incompatible con las políticas mediáticas autonómicas e irracionalmente asociado a aquella dictadura, que por extraña alquimia parece rebrotar, transformada y disfrazada, en las intransigencias regionales, la agresividad territorial e independentista y el arrobado ego de los abadejos autonómicos.

Buena parte de los españoles de hoy con derecho a voto tienen un concepto de la última dictadura de nuestra historia manipulado y promocionado con influencias partidistas. Solo así puede entenderse el error de su actitud, de no apreciar que se les está vendiendo el mismo perfume que, antes en formato familiar, ahora se oferta surtido, en variados recipientes con etiquetas locales y adornos insinuantes de utópicas soberanías redentoras.

Y es que la dictadura que yo creí ver morir, fue matada para renacer multiplicada. A juzgar por lo que ahora podemos percibir, esta democracia de nuevas dictaduras, de la que nos sentimos orgullosos en tanto pudo sobrevivir algo de nuestra inocente ilusión, no empezó a escribirse en aquella tarde de noviembre de 1975, en la que lo único que reinaba en mi espíritu era la ingenuidad de un joven recluta, sino el 20 de diciembre de 1973 con el asesinato del entonces presidente del gobierno, Luis Carrero Blanco, por parte de ETA. La organización armada que celebró el reconocimiento de Bildu con un comunicado a la prensa: «Se ha ganado la batalla política e ideológica».

A punta de pistola, como el General Franco.


*Imágenes, Wikipedia, Interviú

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