20, Julio, 2019

El soldado digital

El Ministerio de Defensa español prepara la nueva uniformidad del soldado del futuro, que va a conformar lo que podría llamarse "el soldado digital".

El nuevo uniforme dispondrá de sensores de temperatura que adaptará la del traje a su entorno preservando al soldado de los fríos o calores extremos, enviará datos del estado de salud del soldado a su centro de mando y en caso de fallecimiento lo informará de inmediato al tiempo que todo su sistema se desconectará automáticamente para evitar que el enemigo tenga acceso a la información que el equipo puede facilitar.

Los soldados de un pelotón estarán en permanente contacto mediante un sistema de comunicación inalámbrico, con el cual también desde su posición dispondrán de información detallada relacionada con su situación; mapas GPS, fotografías aéreas, brújula digital… Todos estos datos podrán visualizarse a través de un equipamiento especial instalado en el propio casco. Tendrán, así, información precisa sobre las características del terreno, orografía, posición de sus compañeros, de edificios, carros de combate... Y también del enemigo, al cual podrán disparar sin exponerse; con sólo levantar las nuevas armas, portadoras de una mini cámara integrada que envía la imagen del objetivo al visor del casco.

Ante todas estas novedades que van a alterar tanto la forma como las percepciones del soldado —del ser humano— en la lucha, caben ciertas reflexiones.

Hace algún tiempo escribía un artículo sobre Blas de Lezo (Comandante de la Armada Española que defendió Cartagena de Indias ante los ingleses en 1741) y pensaba en cómo serían los combates de aquellos tiempos. Las armas y los medios técnicos eran tan rudimentarios que finalmente la lucha cuerpo a cuerpo debería jugar un importante papel en el desarrollo del enfrentamiento. Y el campo de batalla terminaría presentando horribles imágenes de hombres mutilados, con las carnes rasgadas salvajemente, moribundos y en largas agonías. Pues con el armamento de la época sería más frecuente herir gravemente o mutilar que ocasionar una muerte inmediata. Y aunque también con las guerras actuales pueden generarse horrendos espectáculos, en alguna medida se han reducido largos sufrimientos debido a la mayor precisión del armamento, a su mayor capacidad de matar más inmediatamente.

Reflexionando sobre este asunto también me vienen a la memoria escenas de las guerras de los tiempos actuales; de nuestra Guerra Civil, por ejemplo, descritas por cronistas que relatan cómo en ocasiones los mandos se veían obligados a relevar a los soldados de las trincheras, que ya sentían mareos, vomitaban y sufrían ataques de nervios ante tanta sangre; ante los deshechos cuerpos humanos de uno y otro bando, al lado de los cuales tenían, quizá, que permanecer durante horas o días mientras el salvaje aullido de dolor de los heridos se mezclaba con el constante repiqueteo de las metralletas, las explosiones de granadas o de los bombardeos. El horror podía alcanzar tales niveles, que los mandos, a veces, tenían que mantenerse ligeramente detrás de la línea de combate, pistola en mano, para disparar contra sus propios soldados en caso de que un ataque de pánico les hiciera retroceder e intentar huir del infierno al que se enfrentaban.

Y también recuerdo ahora episodios escalofriantes de la Segunda Guerra Mundial que nos han relatado muchos protagonistas y testigos. Las novelas de Sven Hassel que leía en mi juventud han dejado una enorme impresión y profunda huella en mi conciencia; descubriéndome posibilidades tan espeluznantes como la de que un cuerpo descabezado por la metralla puede continuar andando varios pasos. Se trataba de hechos reales vividos por el mismo autor o recabados de la información de compañeros del frente. Las tensiones que los aterrados soldados podían vivir en las trincheras dejan sin aire al lector:

«Una explosión monstruosa… El fortín se tambalea. Todo se extingue. Está negro como la pez. El comandante asoma la cabeza; lleva el uniforme hecho jirones y el muñón asoma por una desgarradura de la manga. Hace cerca de dos años que perdió el brazo, pero la herida nunca se ha cicatrizado del todo. Una horda de ratas se precipita, dando chillidos, y nos sumerge. Una de ellas se aferra al pecho del comandante y muestra sus dientes amarillos; de un manotazo la lanza al otro lado del refugio, donde es desgarrada por sus congéneres; son las comedoras de cadáveres, y desde hace algún tiempo abundan como nunca. La artillería de Marina dispara desaforadamente, la infantería desembarcada se lanza hacia nosotros; la rechazamos con las granadas de mano. Nos parece estar en medio de un tambor gigantesco sobre el que golpean alternativamente miles de dementes… El Viejo se balancea suavemente mientras contempla su casco, sin darse cuenta de que le estoy observando. Unas lágrimas resbalan por sus mejillas; es un hombre que ya no puede más» (Liquidad Paris, Sven Hassel).

En este breve extracto, aparte de la tensión que nos transmite, Sven Hassel nos habla de una banda de ratas que de pronto irrumpe en sus posiciones. Aunque en curiosas y extrañas circunstancias he llegado casi a convivir con ratones, particularmente tengo una verdadera repugnancia hacía las ratas. Y creo que esto es un sentimiento bastante común. Sin embargo, sobre todo quienes habitamos en grandes urbes, las tenemos muy cerca, vivimos sobre millones de ejemplares de estos roedores que se multiplican con facilidad y disponen de una especial y poco común inteligencia y capacidad para sobrevivir. Están a pocos metros de nuestros pies, o menos, circulando por toda la red del alcantarillado. ¿Se imaginan que de pronto emergieran todas a la superficie?, que les desapareciera la timidez proteccionista que les hace vivir escondidas y súbitamente empezaran a salir de sus escondrijos y a invadir nuestras calles y nuestros hogares, a atacarnos directamente… Imaginen por unos instantes esta pesadilla e intenten idear algún tipo de defensa.

¿Han encontrado alguna idea, alguna forma efectiva de repeler su ataque? Lo dudo. ¿Creen que hallarían algún refugio donde ellas, a pesar de la elasticidad de sus cuerpos, de la dureza de sus colmillos y de su extraordinaria persistencia y habilidad, no pudieran alcanzarles?... ¿Recuerdan la película de Alfred Hichtcock: Los pájaros?

Esta especie de horrible alucinación que he tratado de trasladarles es lo que en alguna ocasión he temido que pudiera darse. Bien accidentalmente, a través de alguna componenda química creada por esa gran mezcla de multitud de productos químicos (derivados orgánicos, detergentes, medicamentos…) que nuestra civilización vierte diariamente en las alcantarillas y que, como droga fortuita, podría perturbar el normal comportamiento de este oculto ejército sobre el que vivimos. O bien, de forma provocada: como arma de guerra. Esto último podría conseguirse igualmente con medios químicos, a través un compuesto alimenticio fabricado para tal fin. O también mediante la emisión de ondas de una determinada y estudiada baja frecuencia, no perceptible por el ser humano pero si por el cerebro de las ratas, logrando en ellas una reacción de desinhibición y agresividad.

No piensen que imagino demasiado en cuanto a esto de utilizar animales como arma de guerra. Un plan de ratas equipadas con explosivos plásticos, introducidos en sus cuerpos quirúrgicamente, fue ideado por los británicos durante la Segunda Guerra Mundial. Pero la primera remesa de ratas así enviada contra los alemanes fue enseguida detectada y aniquilada.

Que los animales se intenten convertir o se conviertan ocasionalmente en soldados aliados de alguno de los bandos, no es algo nuevo. Pocos días después de que Pérez-Reverte y yo publicáramos nuestros respectivos artículos sobre Blas de Lezo, Mario Vargas Llosa nos apuntaba en El País (5-9-2010), bajo el título El señor del Caribe, cómo los mosquitos que propagan la malaria y la fiebre amarilla habían influido en las guerras de franceses e ingleses contra los españoles en las costas del Caribe, según un estudio publicado por el historiador J. R. McNeill en Inglaterra (Mosquito Empires). Dadas las costumbres de los ingleses de intentar ignorar o disimular sus derrotas, no sabemos a ciencia cierta si esta observación es un intento más de desmerecer las victorias de los españoles o se trata de destacar un hecho real verdaderamente desestabilizador en aquellas batallas que se sucedieron en el siglo XVII por el control de las Américas. La razón, de ser cierta esta influencia, estaba en que los españoles habían llegado a esas zonas antes que franceses e ingleses, habían sufrido ya las terribles picaduras de los mosquitos y habían tenido tiempo de desarrollar cierto nivel de inmunidad. No obstante, aunque así fuera, la victoria de Blas de Lezo contra la flota del Almirante Vernon no pierde valor dadas las extraordinarias diferencias de medios y hombres entre españoles e ingleses.

La utilización de animales, insectos o productos químicos como armas de guerra son continuamente estudiadas por centros de investigación al servicio de muchos ejércitos. Y aunque son un lamentable riesgo a considerar, no creo que esta sea línea de actuación en las guerras del futuro. Las consecuencias de estos delicados armamentos no son exactamente predecibles y fácilmente pueden convertirse en un gran problema para sus mismos ejecutores.

Incluso los muertos son ya un gran problema para los vencedores. Blas de Lezo había mandado construir una enorme zanja alrededor de las murallas de la ciudad para detener el avance de los soldados ingleses, y moría poco después de su victoria contra Vernon contagiado por la peste que generaron los miles de cadáveres que rodeaban Cartagena. En el orden de un razonamiento lógico, en el que las consecuencias de los métodos no deben de volverse en contra del bando ganador, las guerras del futuro se basarán en estrategias y acciones de precisión con el menor número de victimas posibles.

A primera vista, esta nueva especie de soldado digital nos presenta un guerrero muy distinto al del siglo XVII y también al del siglo pasado que nos recuerda Sven Hassel. Ahora se trata de un ser humano más distanciado de su enemigo, del choque de la carne con la carne, de la sangre con la sangre…, de la sensibilidad que puede derivarse de esos encuentros aterradores y de la recapacitación de conciencia que puede emanar tras su vivencia. El nuevo soldado ya no va a disparar contra otro ser humano, sino contra una figura que se presenta en el visor de su casco. Un adolescente experto en el dominio de la videoconsola podrá convertirse en un magnífico tirador contra los muñequitos de su visor digital. El enemigo se aleja; los sentimientos, la compasión, quizá también.

En esta perspectiva de guerras tan tecnificadas, los héroes serán cosa del pasado. Ya no tienen sentido ni cabida en estas nuevas batallas. Con tanta instrumentación, sensores, GPS, cámaras…, cualquiera que se mueva de su sitio será inmediatamente fulminado. El factor sorpresa se irá reduciendo hasta desaparecer. Y esto constituirá, quizá y precisamente, la sorpresa final.

Los adelantos técnicos solo proveerán de ventajas a un bando en la medida en que el otro no disponga de su mismo nivel. Pero el nivel se irá equilibrando. Armas, vehículos, equipos auxiliares, uniformes digitales y medios informáticos terminarán estando al alcance de todos los ejércitos, aunque para ello haya que gastar más de lo que se deba o pueda, y la información fluirá sin remedio en todas direcciones. Finalmente, bastará con examinar el ordenador central del mando militar para saber, con extraordinaria exactitud, las posibilidades que hay de ganar una guerra antes de empezarla. Las similitudes de medios técnicos y las alianzas estratégicas, previamente aconsejadas por el mismo ordenador, determinarán que el mejor procedimiento será sentarse a negociar. Las guerras se acabarán, no tendrán sentido ya. Y la técnica terminará consiguiendo lo que la razón y la conciencia no han podido lograr.

 


*Imágenes, Wikipedia

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