6, Julio, 2019

ETX - Extraterrestre en Extremadura / Cap. 3 - La sorpresa

Sin haber olvidado a mi extraterrestre, ni las peripecias de los cálculos —¡aquella etapa obsesiva por los números!—, pero habiendo conseguido distanciarme de la experiencia, el asunto ha retomado actualidad irrumpiendo en mi vida sorprendentemente. Casi diez años después, nuevos acontecimientos han empezado a sucederse implicándome otra vez en la extraña aventura y excitando mi tranquilidad cotidiana.

A media tarde abandoné mi escritorio para tomarme un descanso y un café. Y decidí probar el servicio de una nueva cafetería recientemente abierta, cercana a mi domicilio. Tiene un aspecto normalito, ni lujoso ni demasiado sencillo. Madera y metal, alargada, con grandes ventanales, aunque un poco estrecha en la zona de la barra. Pero bien, agradable, con varias estanterías surtidas de periódicos y revistas. Y con una camarera joven, simpaticota y algo parlanchina que se movía como distraída, parándose a charlar casi a cada momento con un cliente; por aspecto e indumentaria, un mecánico o fontanero con una pesada caja metálica de herramientas a los pies, apostado sobre la barra y con su culo casi en medio de la zona de paso al salón.

Me senté y pedí un café. De camino a la cafetera la camarera se enredó de nuevo un poco con aquel tipo, que tal como imaginé era un fontanero, y luego me sirvió el café, riquísimo, acompañado de una pequeña magdalena. «A ver cuanto dura este magnífico sabor», me dije. Pues frecuentemente compruebo que, no sé por qué, al poco tiempo de abrirse una cafetería y hacer clientela, la calidad inicial del café se sustituye por la misma agua negra que se sirve en casi todas partes. Disfrutémoslo mientras tanto, pensaba mientras me dirigía a coger una revista y tras pedirle paso al culo del fontanero. Cada vez que había que ir al otro lado de la sala había que atravesar esa estrechez imperada por sus nalgas, que recolocaba sin inmutarse después de que cualquiera pasáramos desdibujándole la postura.

«Qué poca consideración, no se sensibiliza de su estorbo. Es que no hay conciencia social», mascullaba sentándome y empezando a hojear la revista distraídamente. Entonces una increíble sorpresa apartó bruscamente mi pensamiento del insolente, de la camarera, del café… La misteriosa cifra que me dictó el extraterrestre y que casi me volvió loco años antes estaba ante mis ojos, ¡en aquella revista!: 86-61-87... En la esquina de una página a todo color, dentro de un breve texto que intentaba ser discreto para no obstaculizar la inmensa belleza que reposaba en toda la amplitud de la doble página: «Elvira María, Miss Extremadura, 86-61-87 cm.» ¡Las medidas de su espléndida figura!...

El corazón me dio un vuelco. Aquellos números, por fin, los encontraba en la más hermosa postal que un extraterrestre podría remitirme. Elvira, qué maravilla, una miss preciosa, sus números… ¿Pero por qué? ¿Se trataba de una casualidad o de una pista que yo debería interpretar?

El reportaje presentaba a la bella Elvira con la noticia de su viaje a Nueva York para una importante sesión de fotografías publicitarias. ¡Vaya! El caso es que, observando que mi nuevo libro empezaba a venderse bien, yo también tenía planificado viajar a Nueva York, recompensarme con unas pequeñas vacaciones en la ciudad del mundo. Qué casualidad...

¿Casualidad? Demasiada, me dije, bien sabes que detrás de las coincidencias se esconden los mensajes más  subliminales. ¿Sería Nueva York el lugar de nuestra próxima cita, y la hermosa Elvira mi enlace?... Me sentí embargado por esa serena sensación que se percibe cuando uno empieza a ser consciente de vivir un misterio paralelo, cuidadosamente solapado en la realidad cotidiana e intrascendente, incluso con el privilegio de ser el protagonista discreto, el elegido. Me recliné sobre la silla, encendí un purito, y envuelto en la suave humareda de una sensual bocanada miré disimuladamente a mi alrededor unos instantes. Y luego, distanciado y relajado, volví la vista al magnífico paisaje de la doble página; a Elvira, a la extensa prolongación de su dulce cuerpo; viéndome también a mi mismo, por momentos, paseando ya por la Quinta Avenida y acudiendo a nuestra cita. Ella, desde la cama de papel donde plácidamente se estiraba, parecía observarme y saber de mis pensamientos. Y yo, embelesado, la miraba y fumaba, fumaba y la miraba... ¿Podría surgir algo entre nosotros? ¿Tendrán los extraterrestres ese poder?...

Mis pupilas se desplazaban una y otra vez por sus curvas elegantes, insinuantes, interminables. Hasta que en uno de esos dulces paseos, mis ojos, llegando de las tersas nalgas a los pies, inconscientemente primero, pero con sorprendente certeza después, interpretaron sus piernas como una especie de flecha señalando en justa situación, inconfundiblemente, la segunda pieza del acertijo que enseguida comprendí. Sus pies, al borde de la página, como inequívocos indicadores, casi rozaban el platito blanco que sobre la mesa contenía el amable obsequio de la camarera con mi café: ¡una magdalena! El puro se me cayó al suelo mirándola y recordando inmediatamente la estratégica posición de aquella otra magdalena en la bandejita del reloj de mi automóvil, al lado de los números reflejados como extraña hora y extraño mensaje...

Ahora estaba claro, no se trataba de Elvira, de una persona, de un enlace, sino de un lugar: aquí, donde ahora me encontraba, la nueva cafetería que hoy visitaba. La romántica ensoñación de una aventura en Nueva York se desvaneció al comprender que la preciosa Elvira solo era un guía, un objeto indicador. Su resplandeciente belleza y mi particular admiración fueron los recursos de algún astuto inductor para captar mi curiosidad. Un plan perfecto para centrar mi atención en la verdadera pista: ¡la magdalena!

Cerré la revista sintiendo como el ligero desencanto por, quizá, no encontrarme con la bella Elvira, se disolvía en el hormigueo de una emocionante inquietud y de satisfacción interna por mi sagacidad. ¿Quién podía comprender aquellas coincidencias?, tan sólo yo. Evidentemente todo se trataba de la hábil estrategia de una inteligencia superior. Ni la Policía, ni el Servicio Secreto… nadie en todo el planeta podría entender esas claves diestramente deslizadas en la rutina de mi vida. Y yo me había dado cuenta, lo había captado todo.

Encendí otro purito con comedida satisfacción y observé cuidadosa y disimuladamente mi entorno más inmediato. Era necesario estar atento; otear, intuir, adivinar el siguiente paso. En la barra, el fontanero con su caja de herramientas, el cuerpo arqueado y su culo allí en medio, continuaba flirteando con la camarera en plan macho-ibérico-aquí-estoy-yo. A la izquierda, una mesa cercana la ocupaba un tipo delgado y de tez pálida como la cera. Con unas arrugas que, partiendo de las comisuras de los labios, alcanzaban impertérritas las aletas de la nariz describiendo unas molduras tan perfectas que parecían hechas de encargo, o que así había salido ya del vientre de su madre, incluso con las gafas puestas y el periódico en la mano, sin prestarle la más mínima atención a su pasmada progenitora. A mi derecha, en otra mesa algo alejada. menos mal, un grupito de jovencitas, de esas que les queda la minifalda un poco por debajo de la barbilla, entregadas alborotadamente, con risitas y grititos, a conversaciones tan artificiales y efervescentes como sus Coca-Colas enlatadas.

Nada parecía anormal o sospechoso. ¿Sería realmente éste el lugar de nuestra cita, de nuestro nuevo encuentro? Una ligera corriente de aire se alió con el encubierto paralelismo a la realidad intranscendente abordando mis riñones de forma insistente hasta recordármelo: ¡el lavabo! Efectivamente, nuestros dos encuentros se habían producido, primero en un lavabo y luego en la gasolinera. Y, evidentemente, de las dos posibilidades, la más cercana que ahora tenía era el lavabo, pues en las cercanías de la cafetería no había ninguna estación de servicio. Estaba claro, el encuentro sería en el lavabo. Y yo nuevamente supe percatarme. Todo iba bien.

Sí, todo iba bien, pero… ahora había que ir al lavabo. Además, ya casi no podía aguantar. Era la primera vez que visitaba la cafetería, pero como soy viajero, hombre de mundo, sabía perfectamente donde se encontraba: al fondo, a la derecha. Miré hacía allá un poco sobrecogido, sintiendo de nuevo el hormigueo de la inquietud en todo mi ser hasta casi olvidar por instantes mi necesidad. La cual, no obstante, fue adueñándose intensamente de la situación. Sonreí al pensar en esta influencia orgánica, quizá, como una estrategia más para infundirme valor. En fin, hay que decidirse, hay que ir. Observando los pocos metros que de los lavabos me separaban, me venía a la memoria la imagen del pasillo que desde la sala de espera conducía a la puerta de mi dentista. Y no sé si fue que me sobrepuse, si fue el valor o la necesidad, pero al fin me levanté y fui. Hay que cumplir, me dije. Y también mear, vamos allá.

Llegué, encontré la puerta de «Caballeros», pasé y examiné todo cuidadosamente. Nada fuera de lo común; lavabo, servicio vertical y cuarto con taza tradicional. Prefiero el cuarto y la taza. Entro, activo la luz y cierro la puerta… Todo parecía transcurrir con normalidad. Inquietud, serenidad, desahogo… se me iban sucediendo cuando, de pronto, un fuerte golpe metálico sobresaltó mi alma sacudiendo el habitáculo al tiempo que la lámpara temporizada finalizaba su tarea y convertía la mía en un desatino que me puso impresentable ante cualquier extraterrestre.

Totalmente desconcertado por unos instantes, mojado, a oscuras y temblando de miedo abrí la puerta y… ¡Dios mío!, allí estaba de nuevo: ¡el culo del fontanero!... Había entrado al lavabo casi detrás de mi y tras dejar caer su pesada caja de herramientas sobre el suelo se disponía a arreglar el grifo del lavabo... «Perdón», dijo por fin, al ver que intentaba salir. Y yo, ocupándome todavía de mi cremallera y con el corazón bailando vertiginosamente, no sé de donde saqué la capacidad de contenerme y casi saltarlo sin darle una patada en su impertinente culo.

Rápidamente, intentando disimular con acelerados pasos los vestigios de la frustrada cita sobre el pantalón, me dirigí de nuevo a mi sitio. Me senté y, ya con mi pernera a cubierto bajo la mesa, traté de tranquilizarme. Decidí pedir otro café.

Instantes después, algo más sereno ya, comencé a meditar. Quizá cierta excitación había precipitado mi pensamiento. Probablemente sí. Era media tarde, la luz del día aún era un inconveniente para la operativa de nuestro encuentro, para el acercamiento de la nave y su disimulo. Y el desarrollo de los acontecimientos, que parecían hábilmente manipulados por una inteligencia superior, me iban revelando todo con claridad a poco que me tranquilizaba y meditaba. Esperar un buen rato a que el asunto que ahora me retiene sea solucionado por mi calor corporal es lo que debo hacer. Sí, efectivamente, debo esperar a que anochezca; paciencia, me dije; además, acercándose ya el invierno, a pesar de la hora, la complicidad nocturna no va a tardar.

Aproveché el tiempo para leer el periódico y anotar todos los detalles mientras aguardaba mi cita disciplinado, satisfecho de mi perspicacia y con cierta emoción. Pero controlado, dispuesto a colaborar en la misión…

Por cierto, ¿qué misión?


*Imagen, diseño adaptado de freepik.com

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