11, Agosto, 2019

ETX / Cap. 5 - ¿Tienen sexo los extraterrestres?

Después de pasar toda la tarde en la cafetería y tras el sorprendente encuentro con los extraterrestres, a pesar del agradable sueño final con el que aparentemente descendí luego a la realidad, me embargaba cierta excitación. Una ligera intranquilidad que me impedía concentrarme y regresar a la monotonía cotidiana. Necesitaba relajarme. Decidí cenar fuera de casa, en La Esquina. Me gusta cómo cocinan allí y me encanta su pan de pueblo. Luego iré a tomar una copa para llegar a la cama con la cabeza limpia, vacía, y dispuesto a coger el sueño pronto. Si hoy me asalta uno de mis habituales insomnios me va a estallar el cerebro.

Tras cenar un riquísimo pollo, decido ir andando hasta Luigi. Un pub más bien tranquilo, agradable, con sillones elegantemente tapizados y cómodos, música de los 90 y ambiente de cuarentones, y cuarentonas. Por el camino me pregunto sobre la insólita experiencia. Aún no sé cómo encajar mi entrevista con los extraterrestres… ¿Ha sido algo real o una alucinación?... ¿Estoy bien del coco?... No se pueden vivir sucesos extraordinarios sin preguntarse si se tratan de algo verdadero, sin que uno sienta la tentación de pellizcarse incluso recordándolo. Me hago un auto-análisis: "Acabo de cenar en un lugar público y no he observado que alguien me haya mirado con extrañeza. He comido tranquilamente, he pagado mi cuenta; estoy paseando, no llamo la atención de nadie… Todo parece estar bien. Sólo yo me atormento con mis dudas… Bueno, ya lo decía Lope de Vega, 'Señal de juicio es ver que lo perdemos'... No he de estar tan mal como me doy a sospechar".

En Luigi, Whitney Houston me recibe con su I Will Always Love You transmitiéndome de inmediato una sensación, a la vez, de paz y excitación por embarcarme en alguna aventura. Y ando por la sala, en dirección al bar, como flotando en la melodía... Entonces la veo. Sola, en un extremo de la barra. Adivino que me vio en cuanto entré y me ha seguido con la mirada; brillante, expectante. Y la mantiene. Sin duda espera que me acerque a ella. Y yo, sorprendido, bajo del cielo de Whitney sin saber cómo reaccionar, hasta que el camarero llama mi atención y reflexiono unos instantes en tanto sirve mi copa.

No hay quien entienda a las mujeres. Ya me dio un plantón, y ahora, cada vez que nos encontramos me persigue con esa mirada ansiosa; mientras yo le doy la espalda, ofendido en mi orgullo e ignorándola. En ocasiones se atreve a pasar por mi lado casi rozándome y luego se aleja, a veces sonriendo, y otras teatralizando distanciamiento e indiferencia, intentando pagarme con la misma moneda… ¿Repetimos la función, o acabamos ya con esta tontería?, me digo, al tiempo que el tintineo de los cubitos de hielo y el excitante susurro del whisky cayendo en el vaso, me estimulan. Y decido que hoy, para bien o para mal, terminaré con este asunto.

Cojo mi vaso y voy hacía ella. Baja la mirada mientras avanzo y me la devuelve, con su invariable fulgor, cuando ya estoy a su lado.

—Hola Emma… —el cuerpo me hierve. No sé si de rabia, intriga o excitación; o de todo un poco.

—Hola.

—¿Esperas a alguien? No quisiera...

—No, no. Escucho la música… nada más.

Si de lejos parecía segura, ahora, sentado a su lado, ella se esforzaba en mantener la serenidad. Yo, impaciente, ya se lo suelto.

—¿Sabes que me quedé esperándote… y sin explicación?

—Podías haberme llamado de nuevo… O no apartarte de mi camino cuando nos encontrábamos después, durante los días siguientes.

—Lo siento, pero te llamé enseguida… Y no tuve respuesta. Creo que deberías ser tú quien devolviera la llamada diciéndome algo… ¿No llevo razón?

Tomó su copa y bebió un trago mirando para otro lado sin contestar.

A las mujeres, a buena parte de ellas, parece que les gusta verte sufrir, al menos un poco, antes de entregarse definitivamente. Y aunque, como digo, en muchas ocasiones no las entiendo, ello no significa que en otras tampoco sepa lo que hay que hacer. Y ahora lo sabía. Antes de que la mágica tensión del encuentro muriera en el vacío del silencio que me daba como respuesta, me puse de pie y le tendí la mano, firme y condescendiente, mostrándole también el deseo dulce y contenido de mi mirada...

Y el orgullo se disolvió en unos segundos al acercarnos a la pista de baile y abrazarnos suave y cariñosamente bajo el corazón de ángel de Bonnie Tyler.

Emma trabaja en unos grandes almacenes y tiene la cualidad de escoger muy bien su ropa. Siempre se le ve bonita. Hoy con un vestidito azul eléctrico, generoso de escote sin caer en la exageración, sin perder elegancia ni sensualidad. Su pelo castaño, a juego con sus ojos, brilla al ritmo de las luces de la pista. Ceñida a mí, ambos encantados, pienso que he estado, como frecuentemente en estos lances, haciendo el idiota. Que de verdad me he perdido algo bueno al permitir que nuevamente el torpe orgullo personal me aleje de este viejo juego que siempre me parece absurdo y algo hipócrita, además de impacientarme y sacarme de quicio. Y he estado a punto de estropearlo todo; una agradable relación con química personal casi irreprimible.

Abrazados por la cintura, abandonamos la pista de baile, recogemos nuestras copas y salimos a la terraza; uno de los atractivos de este local situado en la zona alta de la ciudad, desde donde se divisan parte de los barrios que se asientan en las laderas del entorno montañoso.

Y allí nos apetece bailar otro poco. Luego, apoyados sobre la barandilla, arrimados y satisfechos, contemplamos el panorama de penumbras, luces urbanas y estrellas que presiden el paisaje.

Miro a ese cielo estrellado y me estremezco. Emma, nuestro feliz reencuentro, habían conseguido que olvidara el asunto durante un buen rato, pero ahora todo despertaba de nuevo en mi cabeza.

—Emma, ¿has visto alguna vez un OVNI?

—No, ¿y tú?

—Sí.

—¿No me digas, crees en esas cosas?

—No es que crea, es que lo he visto.

—¿Dónde, cómo son?... ¿Como los presentan en las películas?

—Bueno, la forma no pude verla muy bien. Era una especie de luz fuerte, su potencia disimulaba el contorno.

—Sería una estrella.

—Oye, no soy tan idiota. En principio, esa luz estaba muy quieta. Luego empezó a moverse con gran agilidad, haciendo como eses en el aire, y después salió disparada, a una velocidad increíble, hacía nuestra izquierda hasta desaparecer…

—¿Nuestra?... No estabas solo.

—No, me acompañaba mi hijo. Viajábamos, hace algunos años y por la noche, en dirección a Andalucía, por Extremadura, en mi coche.

—Bueno, entonces, si sois dos testigos, tal vez realmente visteis algo extraordinario.

—Sí, seguro.

—No obstante, no pienses que quizá se tratara de extraterrestres.

—¿Por qué?

—He oído comentar que los americanos hacen experimentos de armas y vehículos especiales, muy secretos, sin que oficialmente se les haga publicidad.

—Ya; sé de esas opiniones. Pero no me convencen. No creo que sea posible mantener un secreto así. En ello habría de trabajar mucha gente, demasiada, no es algo fácil; y más pronto o más tarde alguien hablaría y todo saldría a la luz.

—Posiblemente de ahí mismo procedan los rumores.

—No, no me parece que las cosas sean así.

—Entonces, ¿piensas en extraterrestres de verdad?

—Sí, ¿porqué no?... ¿Quiénes somos nosotros para creernos los únicos en este universo? Ni siquiera sabemos sobre el origen de nuestra propia vida. Rodeados de móviles, ordenadores y aviones, seguimos siendo unos ignorantes. No sabemos nada, y la vanidad por nuestros inventillos se nos ha subido al cogote.

Creo que fui concluyente, y se hizo un breve silencio mientras ambos observábamos aquellas estrellas. Hasta que ella propuso que regresáramos a la música, a nuestros abrazos, a tomar otra copa.

—Espera. Hace buena temperatura, podríamos pasear, tomar la copa por el camino, en otro sitio…

—¿Por qué camino? —preguntó rodeándome la cintura con sus brazos.

—Por el que va… hacía mi casa, si te apetece…

—Tendrás que convencerme en el trayecto, paso a paso.

Estas mujeres… Lo desea tanto como yo, pero parece que disfruta más si juguetea con mi ansiedad.

Ansiedad que pronto se nos hizo demasiado patente. Ni siquiera acabamos la segunda copa, en una cafetería cercana. Y, entre bromas y besuqueos ardientes y callejeros, no tardamos en encontrarnos, fogosos como adolescentes, entre las sábanas de mi cama. En donde pude comprobar que, efectivamente, estuve haciendo el indio durante algún tiempo; perdiéndome un sabroso manjar; la compañía de una sugestiva mujer y encantadora amiga.

Acaricio su cabeza en mi pecho y luego me incorporo ligeramente descomponiendo su agradable reposo. Ella se acomoda de nuevo y a mí se me ocurre preguntarme algo;  se lo traslado.

—Emma… ¿tú crees que los extraterrestres tienen sexo?

Levanta los ojos algo sorprendida, pero sin moverse de su placentera postura.

—Chico… ¿Qué te pasa? Estás obsesionado con ese asunto. Viste aquella cosa hace años. ¿Cómo es que le das tantas vueltas ahora?... ¿Alguna película o libro te han refrescado la inquietud?

—No. Últimamente estoy escribiendo artículos sobre recuerdos, experiencias… Y ésta es una de ellas... Bueno, ¿tú qué piensas?, ¿tendrán sexo como nosotros?

—Es que no sé qué decir. Ni siquiera me he planteado con seriedad su existencia, no tengo ninguna prueba, ningún indicio que me haga pensar en ello con cierta profundidad.

—Bueno, intenta utilizar tu imaginación. Plantéatelo pensando que una persona de confianza, yo, te dice que los ha visto.

—¿Que los has visto?... Tú lo que observaste es una luz… Una luz especial quizá, pero nada más.

Realmente ella no estaba preparada para contarle algo más que aquel avistamiento, del que incluso dudaba; no de la veracidad, pero sí del propio fenómeno como manifestación de la existencia de seres de otro planeta. ¿Y quién puede estar preparado?... ¿A quién podría confiar el relato de mis encuentros sin que me tachara de perturbado?

—Está bien, está bien. Te lo sugiero de otra manera, como un juego de nuestra imaginación, ¿vale?... Vamos a aceptar que sí puede haber extraterrestres, fantasea. Detrás de las fantasías puede haber respuestas verdaderas. A ver, ¿cómo los imaginarías, con sexo o sin sexo?

Parece que ahora he captado su interés, se incorpora como yo, frunce el ceño, abre luego unos ojos enormes y me contesta.

—Vamos a ver, los humanos tenemos sexo, los perros tienen sexo, los gatos tienen sexo…, los conejos, los gorilas, los pájaros… ¡Todo el mundo tiene sexo!... ¿No?

—Ciertamente la mayoría, que yo sepa, lo tenemos. ¿Habrá algún ser viviente en nuestro mundo que no lo tenga? Espera. Me levanto entonces y regreso a la cama con mi portátil, lo coloco entre ambos y conecto con Internet.

—Vamos a ver: "seres vivos sin sexo".

En una primera búsqueda encontramos lo que se llama Partenogénesis:

"Es una forma de reproducción basada en el desarrollo de células sexuales femeninas no fecundadas, que se da con cierta frecuencia en crustáceos, insectos, anfibios y reptiles, más raramente en algunos peces y, excepcionalmente en aves…”.

—Veamos algo más:

No todas las hembras necesitan machos. Al menos así ocurre con unas hormigas amazónicas, las 'Mycocepurus smithii', que son capaces de reproducirse por clonación. La especie, según ha descubierto recientemente un equipo de investigadores de varios países, es un extraño caso de organismo multicelular cuyas hembras no precisan del sexo para tener crías…”.

—Ya ves, Emma, parece que la vida es posible sin sexo.

—Sí, pero solamente en especies inferiores.

—¿Será el sexo una propiedad de los seres superiores, o el sexo es una fórmula para que las especies desarrollen más facultades y así lleguen a alcanzar tal superioridad?...

Entonces no puedo contener una carcajada, luego continuo.

—Si fuera así, está claro por qué los humanos somos la especie que domina este planeta. Pensamos y hacemos sexo continuamente, lo usamos cada vez que se presenta ocasión, lo fotografiamos, lo filmamos, lo explotamos en los medios publicitarios… ¡Somos los reyes del sexo!... Veamos algo sobre esto, sobre si es un medio ventajoso.

—¡Ah! Aquí está:

"La evolución del sexo es un gran rompecabezas de la biología evolutiva moderna. Parece que el ciclo sexual se mantiene porque mejora la calidad de la progenie, a pesar de reducir el número total de la descendencia. Es evolutivamente ventajoso estando asociado con un aumento significativo de la aptitud de la descendencia. Una de las explicaciones más aceptadas para la ventaja del sexo recae en la creación de variabilidad genética…".

—Creo que ya tenemos la respuesta, Emma. El sexo es característico de las especies más evolutivas. Por tanto, si hay quienes pueden construir un aparato capaz de mantenerse en el aire y moverse con esa especial agilidad, imposible hoy para cualquiera de nuestras aeronaves, realmente ha de tratarse de seres muy superiores… Los extraterrestres, pues, han de tener sexo… He de hablar de esto con Tot.

—¿Tot?... ¿Qué dices?

—¡Oh!, es un viejo amigo. Aficionado como yo a estas cosas… Bueno, ¿qué opinas?

—Pues que el razonamiento podría ser correcto. Siempre y cuando… lo que tú vistes realmente sea una nave no pilotada por rusos o americanos.

—Ya te dije que eso no me convence.

—Pero hay que contemplar las posibilidades, pensar en todo.

—Yo ahora pienso en el sexo —bromeo, apartando el portátil.

—Para eso no te hace falta mucho esfuerzo.

—Prácticamente ninguno; esto es algo que me sobrecoge.

—¿Sí?

—Es demasiado fuerte. Aún con intensidades y matices diferentes entre unas y otras personas, sigo pensando que se trata de algo exagerado. Para mí, aparte de las ventajas evolutivas que pueda proporcionar, tal protagonismo de la sexualidad en nuestra existencia, tanta influencia… me supone un extraño misterio.

—¿Estás conmigo sólo por sexo?

—Bien sabes que no…, como también sabes que ambos lo deseamos extraordinariamente —contesto. Y la abrazo invitándola a sumergirnos de nuevo en nuestro, aparentemente, primitivo instinto.

 


*Imagen, adaptación de vista nocturna de Barcelona, wikipedia.org

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