1, Septiembre, 2019

ETX / Cap. 6 - Visita en casa

No sé qué hora es cuando despierto, pero creo que está bien avanzada la mañana. El reloj digital que tengo sobre la mesilla, chino, comprado en tienda de chinos, hace tiempo que vive otra vida ajena a la realidad —como yo, pero en un meridiano diferente—, como si hubiera decidido abandonarme, emanciparse y vivir por su cuenta. Y yo, con solo dos botones para las mil funciones de que dispone, soy incapaz de ponerlo en hora, de hacer que desista de su andar solitario e independiente y me ayude a orientarme un poco en esta realidad que ambos esquivamos continuamente.

Aunque parece que el día está algo nublado, la luz entra con fuerza por las rendijas de la persiana, mal cerrada, quizá apresuradamente en nuestro afán de encontrarnos pronto entre las sábanas. Enma se marchó calladamente sin querer despertarme, y ahora lo hago agradablemente revuelto todavía en su perfume, recreándome unos minutos en el aroma de la dulce velada que aún perdura en mi cama. Hasta que por fin me levanto, alzo la persiana y abro la ventana. La primavera avanza, hace buena temperatura. Voy a poder ducharme con el agua sólo ligeramente tibia, soy bastante friolero.

Y cuando regreso del cuarto de baño, lo encuentro, colocando unos papeles sobre el escritorio de mi dormitorio… ¡Qué sorpresa!

—¡Tot!... ¿Tú, aquí?

Se vuelve tranquilamente hacía mi sonriendo, mientras yo, nerviosamente, me ajusto la bata de baño.

—Buenos días, Antonio Miguel.

—Buenos días. Pero… ¿es posible, no estaré durmiendo todavía?

—No —sonrió más intensamente—. Quería que charláramos un rato, y me animé a hacerte una visita… ¿No te sentirás incómodo?

—Estoy demasiado sorprendido como para sentir cualquier otra cosa.

Girándose de nuevo hacia la mesa, terminó de colocar los papeles.

—Dejaste la ventana abierta y cuando llegué volaban hasta el suelo.

—Ya… —contesto intentando recuperarme del desconcierto, sentándome en el borde de la cama e invitándole a él a que lo haga en la silla del escritorio.

—No he podido evitar reparar en algunas líneas de tus notas. Veo que ya tienes preparado el guión del capítulo siguiente —sonríe de nuevo—. Y coincide en buena medida con lo que vamos a vivir y comentar.

—¿No me digas? Probablemente me he levantado entre sueños a escribir alguna idea que me despertó momentáneamente. ¿No la habréis enviado vosotros?

—No. Yo solo tenía pensado hacerte una visita. La verdad es que, por el momento, no estamos necesitando enviarte demasiadas ideas. Las creas tú solo, y hay asuntos que intuyes con facilidad.

—Vaya... —contesto intentando ser modesto.

—Demuestra que nos compenetramos.

Los dos sonreímos y comencé a relajarme percibiendo una sincera cercanía con Tot. Después de varios encuentros, creo que empezamos a conectar, que la amistad se hace entre nosotros.

¿Quién podría creerlo? Tot, un extraterrestre, como un amigo, ¡en mi casa!

Tras ese estremecimiento emocional que me anuncia un sentimiento de amistad, mi mente se detiene unos instantes en un rápido análisis. Fríamente sorprendido ahora, empiezo a tomar conciencia de esta vivencia insólita que ya parece desarrollarse con perspectivas como de normalidad, lo cual constituye quizá lo más asombroso de la experiencia.

Noto también que él advierte las sensaciones que me invaden en esos instantes, en los que se sucede un elocuente silencio... que rompo al percatarme de un detalle: su voz; en tono grave y suave, pronuncia todo con gran precisión.

—Hoy no llevas puesto el aparato, el pinganillo, para poder hablar conmigo.

—Ah, no. Era un artilugio provisional. Lo utilizamos cuando no participamos con mucha frecuencia en diálogos con otros habitantes del universo. Pero si como consecuencia de la asignación de una misión se va a establecer un contacto más habitual, entonces grabamos en nuestro cerebro el código del lenguaje correspondiente a los interlocutores con quienes tenemos previstos periódicos encuentros.

—¿Grabar? ¿Quieres decir que no necesitáis aprender el idioma?

—No. Podríamos hacerlo, igual que tú para aprender inglés, por ejemplo. Pero eso llevaría algún tiempo. Una vez que nuestras computadoras han descifrado el código de un lenguaje, en relación al nuestro crean un programa de interpretación que puede ser insertado en nuestra memoria a través de ondas similares a las mentales generadas por la misma computadora.

—¿Y cuanto tiempo puede suponer tal proceso?

—Normalmente se hace en unas pocas sesiones de varios minutos. En la primera se transfiere sólo vocabulario con la asignación de semejanzas, signos de escritura y modulación oral. Después, los esquemas constructivos, la gramática. Y finalmente se establece un programa que contempla análisis racional, relaciones emocionales y de conciencia con palabras y formas constructivas del lenguaje.

—Creo que yo escribí algo así.

—Efectivamente, ya te he dicho que el guión está muy acertado.

Tot permanecía sentado en la silla del escritorio, enfundado en su ajustado traje gris plateado que parecía confeccionado de una sola pieza. Sin adornos ni líneas visibles de costuras, tan sólo con una especie de cinturón del mismo tono y desprovisto de hebilla. El borde del cuello casi se confundía con la piel sombreada, también de color grisáceo, muy tenue; en el que resaltaban luego, con cierta belleza, el negro azabache de sus ojos, con unos puntos brillantes que, más que pupilas parecían reflejos, sobre su rostro de rasgos menudos, como intuitivos, boca, nariz y orejas bajo un cráneo limpio de pelo. Apoyaba el brazo derecho en la mesa y el otro en la rodilla, mostrando claramente sus manos y dedos largos, sin uñas, sin que se apreciaran relieves óseos o venosos, muy elegantes. Acomodado y tranquilo, con una pierna cruzada sobre otra, como cualquier humano, rematadas con calzado negro brillante, ligeramente puntiagudo, miraba hacía mí transmitiendo serenidad, consiguiendo que su presencia fuera agradable a pesar de tan inusual aspecto.

Yo reparo en toda su apariencia cuando el estómago me pide desayunar.

—Ya ves que acabo de despertar —le digo—, necesito, al menos, un café —y poniéndome de pie, sonriendo, continúo—. Lástima que no podamos salir a dar un paseo y desayunar juntos. ¿Te imaginas, si bajara contigo a la cafetería, nos sentáramos tranquilamente y pidiéramos unos cafés?... ¡La que se formaría!

Entonces consigo que los dos riamos abiertamente, a carcajadas que se prolongan tras su respuesta:

—Pues no estés muy seguro de que pudiéramos provocar escándalo. Vives en un mundo tan loco hoy día, que prácticamente cualquier extravagancia que se mueve por sus calles apenas despierta la atención. No sería de extrañar que se me tomara por un actor de relleno en el descanso de un rodaje, o por uno de esos tipos que tan magníficamente se maquillan y disfrazan para hacer de estatuas en las vías más concurridas.

—Llevas toda la razón, no había caído. Tan cierto es, que estoy pensando en atrevernos. ¿Qué me dices?

Tot se pone de pie también y se vuelve hacía la ventana mientras me contesta.

—Hoy no vengo preparado para eso, quizá otro día.

—¡Por carnavales!

—¡Ja, ja, ja! —ahora nuestras carcajadas surgen a un tiempo, derivadas del buen humor y la complicidad que vamos teniento. 

—En fin, aunque no me gusta mucho, voy a prepararme el café en el microondas —le digo, conteniendo aún la risa y andando en dirección a la cocina.

Pero me detengo casi de inmediato al asaltarme enseguida algunas cuestiones y me vuelvo para preguntarle.

—Por cierto, ¿tú puedes tomar café..., puedes comer nuestros alimentos?

—No, no te preocupes. Nosotros ya estamos acostumbrados a otro tipo de nutrición. Además ahora mismo me sería imposible tomar algo.

—¿Imposible? Tienes que explicarme estas cosas, necesito detalles de vuestra forma de vida para irnos comprendiendo.

—Claro que sí, por supuesto. Hemos de tener muchos más encuentros y conversaciones.

Sigo en dirección a la cocina y de nuevo me vuelvo hacía él.

—Y, además, ¿cómo es que estás aquí? ¿Cómo lo consigues..., llegar, entrar en casa?, como si fueras una alucinación que de pronto se hace realidad.

—Casi lo has dicho. ¿Porqué no vas a prepararte el café?, luego continuamos hablando.

Así lo hago, regreso al poco rato con la taza en la mano y ambos nos sentamos de nuevo.

—Sobre lo de tu presencia aquí. ¿Que casi lo he dicho? ¿Puedes explicárme?

—Pues eso, que se trata de solo de presencia. Que en realidad no estoy aquí.

Trago rápidamente un sorbo de café y me apresuro a interrumpirle.

—¿Quieres decir que estoy ante una imagen virtual de ti mismo?

—Algo así, pero más consistente. Con ciertas propiedades. ¿Sabes lo que significa el término "bilocación", no?

 —Sí, claro. La capacidad de estar en dos sitios a la vez. Un fenómeno como de ciencia ficción, que se le ha atribuido a algunos santos y otros personajes. No sé, quizá podría considerarse desde la perspectiva de la mecánica cuántica.

—Bueno, aunque implica disponer de medios técnicos avanzados, es algo más sencillo que eso.

—Entonces, por ejemplo, ¿no puedo tocarte?... ¿No podemos darnos la mano?

—Pues... no.

Tot se mantuvo en silencio, un poco intrigado por mi posible reacción, esperando que me recuperara de la impresión. Lo cual intenté con un poco de humor.

—Vaya —terminé diciéndo, sin poder controlar aún cierto nerviosismo—, eres como un holograma, si me enfadara contigo no podría darte un puñetazo.

Vuelven las risas, y la serenidad. Cierta tensión nos había embargado, sobre todo a mí, por unos instantes.

—Como te decía, realmente no estoy aquí. Estoy en mi planeta.

—Ese es otro punto sobre el que no me habéis informado aún. ¿Qué planeta es el vuestro, dónde está?

—Si me interrumpes a cada momento, no me va a llegar para casi nada el tiempo que hoy te tengo asignado. Ya sé que no te hemos dado todavía esa información, pero lo hacemos por seguridad, es necesario que nuestra relación se encuentre más avanzada. Además, por ahora eso no tiene mayor importancia, lo sabrás todo en el momento oportuno. No te preocupes.

—Está bien, está bien. Comprenderás que me asalten miles de preguntas. Intentaré controlarme, continúa.

—¿Estás informado del Proyecto Cyborg?

—¿Del Doctor Cyborg, Kevin Warwick?. Si, lo estoy. Con un circuito de electrodos incorporado a su sistema nervioso, y a través de Internet, hizo que un brazo robot recibiera las señales nerviosas que él producía moviendo su propio brazo, y consiguió que el brazo robot ejecutara los mismos movimientos.

—Así es. Bien, nuestro sistema de bilocación se trata de un procedimiento bastante menos tosco, disponemos de tecnología muy avanzada en relación a la vuestra. Pero esta presencia mía aquí, como mágica, encontrándome realmente en otro sitio, es una recreación virtual muy artificial. Generada gracias a sofisticadas técnicas; de transmisión, por un lado, y de manipulación de las propiedades de la materia por otro.

—¿De tal forma se creó esa especie de entrevista en levitación que tú y yo tuvimos cuando me dictaste aquellos números? Desde mi situación podía verme a mi mismo durmiendo en el interior del coche.

—No exactamente. Entonces se trató de una aplicación, o facultad aplicable, en el estado mental que produce el sueño. Efectivamente, podías verme a mi y dialogar, incluso observarte en la distancia. Pero estabas tan sorprendido con lo que ya veías que no reparaste en mirar hacía ti mismo allí arriba. Si lo hubieras hecho, si hubieras querido verte las manos o los pies, por ejemplo, aunque mentalmente los sentías, te habrías encontrado con la sorpresa de un vacío. La doble representación de tu cuerpo no se produjo, lo único que allí hubo fue tu facultad mental consciente. No necesitábamos más.

Tras un instante de reflexión, volví a situarme en el recuerdo de aquel encuentro, de la visión de las cifras en la pantalla del reloj digital de mi coche… y luego en esa temporada en que por poco me vuelvo loco con los dichosos números.

—Te vas a reír. Me dio por jugar a loterías y quinielas con aquellos números.

—Sí, ya lo sé —contestó, efectivamente, sonriendo—. Pero surgieron circunstancias que nos obligaron a aplazar nuestros contactos contigo. Debíamos esperar y dejamos que te distrajeras un poco. Lo siento, también se nos hizo largo aquel tiempo a nosotros.

—¿Y los números en aquella revista?; ¡las medidas de la chica!... ¿Cómo es posible que coincidieran... en el día y zona donde nos ibamos a encontrar de nuevo? Si se lo hubiera contado a alguien me tomaría por un idiota, por loco...

Tot empezaba a sonreir mientras le hacía la pregunta, aunque finalmente se contuvo un poco.

—¿Qué mejor sitio para llamar tu atención, no?... Además, se trataba también de lo que tú mismo dices. Estabamos en los contactos iniciales, teníamos aún necesidad de comprobar nuestra confianza. Podríamos equivocarnos de persona al elegirte a ti y tener que abandonar el proyecto. Si eso hubiera sucedido, efectivamente, tu relato no sería creible ante terceros, y nuestro experimento se mantendría protegido.

—¡Caray!... Todo calculado —callamos unos instantes.

Finalmente rompo el silencio.

—Preciosa, la chica. Y en todo ese largo tiempo que estuve allí, en aquella cafetería, ¿sabes que fantaseé con ella?... Pensaba que podría ser una colaboradora más.

Y tras otro pequeño silencio, los dos reímos de nuevo abiertamente, casi a carcajadas. No sin cierto sentimiento de víctima algo ingenua por mi parte.

Entonces, el clásico timbre de mi móvil comienza a sonar. Es Enma.

—Hola Enma. Estoy en casa aún, tengo visita… Un amigo, Tot. Creo que ya te hablé de él. Puedo llamarte yo un poco más tarde, ¿de acuerdo?...

Luego dejo el teléfono y vuelvo al lado de Tot comentándole algo que Emma me recordó, bromeando, cuando mencioné su nombre.

—Es una amiga, una gran chica. Oye, Tot, no sé si atreverme a preguntártelo...

—Vamos, dime, tengamos confianza.

—Es que anoche surgió una conversación sobre sexo.

—Sí, y…

—Pues, no te ofendas, nos preguntábamos si vosotros, los extraterrestres, o como quieras que os llamemos, también tenéis sexo.

—¡Ja, ja, ja!... Riendo a carcajada limpia, Tot se levantó de la silla al tiempo que yo hacía lo contrario, me sentaba de nuevo en el borde de mi cama, esperando, con risa contenida, que se le fuera la suya y me contestara.

—Claro que tenemos sexo —me dijo por fin. Luego, intentando recuperar la compostura, continuó—. Y también parece estar claro que esta mañana he venido a reírme un poco contigo, en vez de a conversar… El tiempo se me está terminando y vamos a tener que continuar otro día.

—Espera un poco, estabas explicando el procedimiento de la bilocación virtual y todo eso; la transmisión, manipulación de propiedades de la materia…

—Pero me has interrumpido tantas veces, que hoy ya no me queda tiempo. Ya te he dado unas referencias básicas, si las analizas con esa intuición de que dispones, quizá tú mismo descubras el procedimiento.

—La verdad es que no tengo suficiente información sobre este fenómeno, hasta ahora nunca sedujo mucho mi interés.

—Pero sí otras cuestiones científicas, ¿qué estuviste estudiando casi todo el año pasado?

—¿El año pasado?... Ah, la teoría de cuerdas. Más que estudiar, intento entenderla; en algún punto me convence

—Esa es la última pista que te doy. Ahora ya debo de irme, nos veremos otro día. Aunque no hemos hablado todo cuanto tenía previsto, lo he pasado bien contigo. Me alegro mucho de habernos encontrado otra vez.

Escuchando su despedida me puse de pie mientras Tot se situa cerca de la ventana.

—Adiós, Antonio Miguel —dijo levantando la mano.

—Adios, Tot.

Y desapareció desvaneciéndose entre los rayos de sol, que al instante se proyectaron con plenitud en el vacío de su figura.


* Imagen, adaptación de freepik.com, Olegdoroshin

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