17, Agosto, 2019

Hechizo divino

«Tras nuestro deseo de un cuerpo, cuando nuestra mirada se fija en unas caderas, cuando en nosotros no hay más que ansiedad, cuando estamos solamente en nuestra carne de animal, lo que canta es la fuente misteriosa de la vida, la génesis universal que nos une a los brotes, a los pistilos, a los nidos de los árboles, a las lechazas del mar y a todo lo que engendra vida aquí y en las galaxias...» (Louis Pauwels).

 

Envuelto en la agradable bruma del vapor de agua, de pronto se descubre. Arma de la vida. Evoca víctimas, halagos, dulces suspiros… Siento que crece y me tienta. El aire empañado no disimula la espada; erguida, quiere batalla.

Y al rato, te veo.

En la cama; la selva, el monte, la sabana, el fulgor, la sombra, el calor… No hay paisaje más bello sobre la tierra que tú, mujer, esperando mi ataque, esperando mi arma. Nada igual a penetrar tus entrañas; bailar con cariño, con ardor, en la húmeda caverna. Sentir el cálido restriego de la piel y el vello, oír el jadeo, el gemido…, el grito agonizante y distante cuando arqueo mi cuerpo y hago de mi arma flecha de amor, pasión disparada; daga que ataca, lanza que mata, y mata…

Y muere, vencedora y vencida, en el goce de la batalla.

Beso la sal mojada de tu piel, busco tus labios, cierro los ojos y adormezco en tu pecho; tu mano sobre la mía, ambas también dormidas sobre el candente desierto, la llanura dorada, sensual y acogedora de tu vientre de miel.

Vuelvo a la ducha; de nuevo en la bruma, en la neblina y la calma, el guerrero despierta; quiere otra vez matar, y regresa a su cruzada.

Y te sorprendo medio vestida, medio desnuda, con un pie sobre la cama, ajustando la media que tamiza el resplandor de la carne, el muslo sereno y macizo. Te detienes al verme, abordo tus nalgas y bajo las bragas mirando a la sombra del abismo donde el fuego busca el calor, donde el arma busca la herida, la carne dividida y hundo la daga. Beso tu espalda, muerdo tu cuello, trenzo tu pelo y mi arma penetra, quema, clava; entre dulces quejidos primero, luego alaridos…, estertores de muerte después. Néctar de placer.

Reposa ya el guerrero y la espada baja del cielo; cuelga de mí recordándote que me pertenece. Ha de ser así, has de añorar; yo, regresar.

Lo tuyo es citar, lo mío entrar; lo tuyo provocar, lo mío atacar; lo tuyo llamar, lo mío venir; lo tuyo esperar, lo mío ir; lo tuyo clamar, lo mío clavar, clavar y matar... Lo tuyo gemir; los dos amar, los dos morir. Hechizo divino. Extraño misterio.

 


*Imagen, Denis&Marc

 

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