21, Septiembre, 2019

Sueño torero (I): Corte de coleta

El mundo de los toros embriagó mi corazón y mi mente de soñador en una etapa de mi juventud. Esta es una parte de la historieta, la anécdota de mi "corte de coleta".

Mis amigos se desternillaban de risa cuando les relataba el día en que, definitivamente, me convencí de que el mundo de los toros no era para mí, de que ese sueño de ser torero sólo había sido una hermosa y especial fiebre de mi juventud y de mi corazón ardiente.

Fue en Madrid, alrededor de los años setenta, cuando yo tenía unos diecisiete años, en la Plaza de las Ventas. Acababa de regresar de Barcelona, en donde tuve ciertas oportunidades que no pude aprovechar debido a la negativa de mi padre a firmar su autorización para poder torear; entonces la mayoría de edad legal se obtenía al cumplir los veintiún años. En realidad, prácticamente ya tenía asumido que, quizá, aquel sueño de ser torero no era mi destino. Pero había sido tan intenso que, como todos los fuertes deseos, parecía haber tomado vida propia en esa selva que es el espíritu de la juventud de quienes somos de natural ardiente y miope ante todo aquello que se aparta de nuestras ilusiones. Ingenuas unas, acertadas otras, aunque todas maravillosas y, en alguna medida, necesarias para el adiestramiento personal y el encauzamiento del torrente emocional que la vida nos ha regalado. Y así, mi fervoroso sueño, yaciendo ya en el lecho de muerte al que mis más razonables consideraciones lo habían condenado, se revolvió de pronto con cierta rabia y se transformó en un arrebato que nubló mi mente cuando empecé a sentir la agitación de la Feria de San Isidro y a respirar su ambiente taurino.

Se celebraba la tradicional Corrida de la Prensa, la última de la feria, la de los miuras. Conseguí salvar los controles de seguridad y entrar en la plaza con mi capote —comprado en El Rastro— escondido bajo mi cazadora de pana. Pretendía tirarme al ruedo como espontáneo para hacerme ver, para mostrarle al mundo mi valor y ese ardoroso deseo de ser torero atolondradamente revivido.

Había comprado una entrada económica, distante de las cercanías del ruedo. Así que la primera parte de la tarea consistió en ir acercándome poco a poco a la zona de la barrera, disimuladamente, aprovechando huecos vacíos y con la precaución de mantener mi capote bien escondido. Yo estaba todo el tiempo con el brazo izquierdo inmóvil, presionando el capote doblado bajo mi cazadora.

Llegué por fin hasta la barrera cuando el segundo miura de la tarde salía de toriles y correteaba su bravura paralelamente a las tablas del callejón. Cada vez con más velocidad. Con esa desesperación que les asalta a los toros recién llegados al ruedo, al saberse nuevamente encerrados y notar instintivamente la presión de un panorama extraño, incomprendido para ellos. Desde mi posición, pocos metros me separaban del salvaje galope, y cuando pasaba por mi lado podía percibir su olor animal y el torbellino instantáneo e impetuoso de su corpulencia en carrera. Igual que el repentino viento que levanta un camión cuando nos pasa a pie de carretera transmitiéndonos en unos segundos su peligroso poderío... Mi ilusión se tambaleaba con cada pasada, con cada nueva ráfaga de ese aire bestial.

Pocos minutos después, el matador de turno —cuyo nombre no recuerdo— salió al ruedo y se encaró al miura justamente en la zona de tablas en que yo me encontraba. Y pude verlo nítidamente: las astas del toro superaban la estatura de su torero… ¡No hacían falta más argumentos! El sueño que había conseguido levantarse de su lecho de muerte, súbitamente agonizó. Y una lucidez increíble, por lo pronta, se hizo en mi conciencia, admitiendo, sin lugar a dudas, que yo habría sido incapaz de enfrentarme a un bicho así.

Y como en una película de fotogramas acelerados en los que se mezclan pasiones con ridículas situaciones de forma apresurada pareciendo que todo hay que resolverlo enseguida por falta de celuloide, así me pasó a mí. Al ardor de la ilusión renovada siguió la desazón de pasar los controles de seguridad con mi capote escondido, luego el paulatino y disimulado acercamiento al ruedo; y más tarde, tras la terrible impresión ante aquel animal y la fulminante muerte de mis sueños de torero, me invadió una inmediata sensación de ridículo y temor a ser descubierto. Por lo que decidí abandonar la plaza lo antes posible, no sucediera que, por un descuido o atropellamiento en el tumulto del final de la corrida, mi capote quedara al descubierto y con él mi falta de arresto.

Salí a la calle y encontré la tranquilidad y el sosiego que se sucede en los alrededores de las plazas de toros y los estadios de fútbol tras la agitación inicial del gentío para entrar en el espectáculo; con los ecos intermitentes de las exclamaciones del público y ese murmullo de las gradas que se te hace extrañamente lejano tras abandonar la fiesta de improviso. Y caminé relajado, pero deseando llegar pronto a casa y guardar mi capote, ya para siempre.

Todo había sido un hermoso sueño. Uno más, que no se realizó, pero que curtió el alma dejándome un pintoresco recuerdo rematado con una escena de humor: la de mi silueta andando por las calles y el metro de Madrid tratando de aguantar el capote escondido bajo la cazadora y la risa que yo mismo me provocaba.


*Imágenes, Wikipedia

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