>> Mi otra vida con Marta

Qué hermosa estaba. Con su piel eternamente medio bronceada, su pelo medio rubio, su exquisita y sensual silueta… Llegaba a la cafetería a comenzar su turno, como siempre, curiosamente vestida; todo coordinado, los colores adecuados y de buen gusto. Cada día diferente. Se notaba que ponía empeño en ello, no era de las que todos los días visten igual. 

Y al poco ya venía portando mi café. Como todos los días en cuanto me veía en la cafetería; diligente, sonriente, acompañando su dulce servicio con una frase amable o una broma. Luego, si me ponía a leer, me preguntaba si necesitaba más luz; y si me observaba mirando al televisor, que si más volumen, que si otro canal… Me casaría con ella cada día.

Sin embargo, pronto intentaba escapar de cualquier ensoñación con mi camarera. Con agradable sensualidad vivía yo nuestro cotidiano encuentro y luego, tras despedirme, me esforzaba en apartarla de mi mente. Aquello que tanto me tentaba imaginar no sería posible. Es cierto que todavía podía presentir en mi interior la pasión que siempre me caracterizó y que me volvió loco en muchas ocasiones de mi juventud. Pero ya las cosas en mí son distintas. En otros tiempos nada me habría importado, ni siquiera la ostensible diferencia de nuestra edad, a todo me atrevía.

En realidad no es que ahora yo sea diferente, sino… como de otra manera. Me pasa algo así como cuando uno decide darle un cambio a la casa y revuelve todo un poco, y mueve los muebles y los cuadros de sitio trastornando el orden anterior. Todo es lo mismo, pero ya algunas cosas me parecen más sustanciales que antes del revuelo de mi pequeño universo. Conceptos y asuntos que permanecían algo relegados, se han convertido en preferentes, y otros que parecían importantes, ya no lo son tanto. Y así, también se me suceden decisiones más clarividentes —supongo— y contundentes. ¿Otra mujer en mi vida? No.

Para las mujeres, al menos para una gran mayoría, todo ha de ser asequible, entendible, manejable… Si no, aunque haya cosas en ti que realmente le gusten y atraigan, más pronto o más tarde, en caso de no abandonarlas tú al comprobar su lejanía, ellas te abandonan a ti. Y yo, con mis rarezas, mis horarios y costumbres bohemias y la permanente manía de tener en la mente algún asunto extraño sobre el que volcarme apasionadamente, me parezco a un electrodoméstico que llega a ellas sin el manual de instrucciones. Andan luego toqueteándome todos los botones, con lo cual me perturban, y finalmente, aburridas, empiezan a mirar a otro lado hasta que desaparecen. Y aunque en otras épocas de mi vida llegué a intentar el corregirme un poco para salvar noviazgos o matrimonio, desde hace algún tiempo la decisión de no alterar el devenir de mis ocurrencias es firme.

Sí, me casaría con ella; con Marta, mi camarera. Si ella aceptara, claro. Pero ese planteamiento ni siquiera lo podrá intuir. Me mantendré en mi sitio con mi café, contentándome de su cercanía. Lamentando ocasionalmente todos esos otros afanes que me aferran a la vida y que nos distancian, pero sin dejarme llevar por una nueva locura, por emprender una nueva versión cotidiana de la felicidad tradicional. ¿Qué me importa a mí, en el fondo, esa placidez?… Por muy agradable y atrayente que pueda parecer, al final mi verdadera inquietud sería la de siempre: ¿el porqué estoy aquí, qué puñeta es este mundo y esta vida que vivimos?… ¿A qué todo esto, cuál es el misterio de nuestra existencia?… Ella, que se asoma como estrella primordial a mi corazón y me tienta con todos los encantos, terminaría relegada y lo notaría. Vería cómo me sumerjo en mis libros, en mis notas, en largas noches de insomnio y pensamientos, abstraído, rompiendo los esquemas de una vida normal y corriente. El alejamiento se sucedería y, como siempre, aun en su compañía yo volvería a estar solo.

Sí, me casaría con ella. Pero esto, ni ha de sospecharlo ni yo soñarlo.

Si pudiera desdoblarme, vivir esta existencia como dos seres independientes, si fuera posible una vida para cada cosa… En esa otra, ella sería la reina. Es activa, pero tiene tacto, es inteligente y no le falta sentido del humor, es cuidadosa y elegante, hermosa, sensual… Me extendería sobre su cuerpo como la hiedra y la amaría ardorosamente, cariñosamente. Tendríamos niños, haríamos excursiones y comeríamos tortilla en el campo… Nada, no hay manera, cada vez que me acerco a tomar mi acostumbrado café me asaltan todas las ensoñaciones, que a veces exagero hasta la tontería. 

Ahora hace unos días que no viene al trabajo y nuestro fugaz encuentro no se sucede. Quizá esté de vacaciones… ¿o enferma? Mi interno amorío empieza a inquietarse, la echo de menos. Y al marcharme pregunto por ella a la compañera que la sustituye.                                                                                      

—Últimamente no veo a Marta, ¿está de vacaciones? 

—No, está en el hospital.

—¿Cómo?…

—Tiene un problema grave, con los riñones… Sólo le funcionaba bien uno y ahora también está mal, espera un trasplante.

—Vaya, cuánto lo siento. No sabía nada. Sólo nos conocemos de vernos aquí.                              

Fue una desagradable sorpresa. Con tanto entusiasmo como yo la veía. No me esperaba algo así.

—Qué lástima. Si parecía que le sobraba vida, tan diligente y agradable… ¿Dónde está hospitalizada?

Me dijo el nombre de la clínica y me despedí verdaderamente apesadumbrado. Para mí, cafetero y solitario, incluso cuando el trato es discreto, el encuentro cotidiano con camareros y camareras establece un entrañable parentesco. Pero ella, además, era la estrella de mi corazón: La camarera de mi amor.

Me fui hacia el aparcamiento a buscar el coche, abrí la puerta y tiré la agenda sobre el asiento con algo de rabia y mucha tristeza. Ahora debía salir de la ciudad, tenía que visitar a un cliente en una población cercana… y no tenía ni malditas ganas de hacerlo. Arranqué con cierta brusquedad y me sumergí en el tráfico urbano con los ojos empañados, lagrimeando como un niño desamparado en ese mar de metal. Habría querido acelerar, pisar a fondo el pedal y salir disparado con mi coche abriéndome paso, transformando en chatarra cuántos tenía por delante y… —el corazón me dio un vuelco en cuánto la idea acudió a mi mente— llegar a la clínica y ofrecerme como donante.

Giré en redondo al llegar a la plaza situada junto a la salida Sur para dirigirme a la estación de servicio; necesitaba gasolina antes de emprender el viaje, y me coloqué en una línea de suministro a esperar turno. Aquella idea del trasplante que me surgió de repente entre el tráfico y las lágrimas, fue una especie de revulsivo que rompió la amargura que me había invadido devolviéndome calma y cierta frialdad. Ahora, en tanto esperaba en la cola de vehículos, volví la mirada hacia mi derecha. Al fondo se veían los árboles del Parque Central, estaba muy cerca, a dos manzanas… Y, ya lo sabía, al lado, en la misma calle y a su sombra, también estaba la clínica donde Marta se encontraba.

Desistí del viaje, aparqué el coche en cuanto salí de la gasolinera y me dirigí hacia la clínica. Con el corazón palpitando cada vez a más velocidad, en cada nuevo paso que a ella me acercaba. A pocos metros, me paré de repente. Tome aire y decidí intentar sosegarme, meditar un poco sobre la intrépida idea. Y me senté en un banco del parque, frente al edificio del hospital… Hablaré con la Dirección del Centro —me dije—. Ella no debe saber nada sobre esta decisión mía, tanto si es posible como si no. No quiero que esto sea algo por lo que se sienta obligada a vincularse conmigo de alguna manera… En ese instante me percaté de que estaba sentado frente a una fachada de ventanales que dan a cierto número de habitaciones —yo ya conocía la clínica por haber visitado antes a algunos familiares que allí fueron atendidos—; ella podría estar en alguna de esas habitaciones y perfectamente descubrirme desde su ventana. Me fui entonces dando un paseo por la pendiente lateral del parque, alejándome hasta una zona no visible desde el edificio, di un rodeo y llegué a la puerta principal por otra calle.

Me presenté en Recepción y, sin facilitar mis datos personales, solicité una entrevista urgente con el Director. Siendo un centro privado y, por tanto, abierto a la posibilidad de un cliente, al poco rato estuve sentado en su despacho.

—Creo que hay una señorita ingresada a la espera de la donación de un riñón. Sólo sé esto y que se llama Marta.

No eran necesarios más datos, enseguida me lo confirmó. 

—Bien, quisiera, si es viable, ofrecerme como donante. Anónimo; no quiero que se dé a conocer mi identidad. Ni a ella ni a sus familiares. ¿Sería posible? 

—Por supuesto. Incluso es mejor así. Debemos hacerle a usted un previo y exhaustivo examen. De su estado de salud, parámetros de compatibilidad… ¿Ha tenido alguna enfermedad grave?

—No. Pero sí he tenido alguna piedra, oxalato cálcico. No sé si esto es un problema.

—Depende de algunas cosas. Las pruebas previas nos darán la respuesta.

—¿Cuándo podemos saberlo?…, ¿y cuánto puede durar el proceso?

—En circunstancias normales podría tratarse de varios meses. Pero si no hay alternativas y la salud de la paciente lo aconseja, quizá algunas semanas. Mañana mismo, si usted puede, a primera hora de la mañana comenzaríamos con su examen.

—¿En este mismo Centro?… No quisiera coincidir en mis pasos con ella o con alguno de sus allegados.

—No se preocupe. Aparque su vehículo en nuestro parking, luego le acompañaremos en el ascensor exclusivo del personal. Sólo será una o dos veces, la mayoría de las pruebas y la extracción, si llegáramos a ese punto, se harán en el Hospital Central. Ya sabe que está muy cerca.

Nos despedimos y, embargado por la emoción, no quise conducir. Me fui andando a casa. El paseo me liberaría de la tensión. Ahora había que hacer esos exámenes, aguantar con entereza… y rezar.

Se hicieron las pruebas con resultados positivos, y luego la extracción y el trasplante. Las cosas parecían ir bien. Me recuperé pronto y volví a mi cafetería, a esperar con impaciencia la evolución de mi camarera. Finalmente, recibí la feliz llamada del Director. Marta había sido dada de alta. Todo fue perfecto… ¿Cuándo aparecería de nuevo a mi vista?

Era mejor que no me preguntara por eso. Ahora ya todo lo complicado había pasado, convenía estar tranquilo, ella debía recuperarse con todo el tiempo que necesitara. Yo me encontraba bien. Aparte de mi dicha interior, prácticamente no notaba nada. No había ninguna señal interna que me apercibiera de la falta de ese pequeño trozo de mi mismo que ahora estaba en ella. Tras una ligera debilidad en los días posteriores a mi operación, los únicos cambios que apreciaba eran mi especial gozo y la impaciencia por verla de nuevo; bella, dinámica y de buen humor, como siempre fue.

Y así la encontré. Casi sin poder contener la impresión, la vi por fin. Allí estaba, de nuevo en su puesto. Perfecta, apenas unas leves ojeras se apreciaban en su magnífico rostro. Y no fue, como siempre al verme y saludarme, hacia la cafetera a preparar mi café. Ambos nos quedamos parados mirándonos. Y ambos también, mojamos esa eterna mirada hasta hacer brillar nuestras pupilas, deseando decirnos algo y sin atrevernos a decir nada. Contuve la emoción y me acerqué a ella, sólo la barra del bar nos separaba, algunos clientes nos observaban.

—Me alegro mucho de verte. Creo que has estado muy malita. 

—Sí —contestó, y las lágrimas ya le brotaron surcando el maquillaje.

Pero no apartó la mirada, la emoción no modificó su actitud, se mantuvo firme ante mí. Conciencia del duro capítulo que había superado se reflejaba en sus ojos, mezclada al tiempo con una expresión de felicidad que chispeaba en sus hermosas lágrimas.

—Te hemos echado de menos, y seguro que todo el mundo se alegra de volver a encontrarte de nuevo aquí.

No dijo nada, mordiendo un poco los labios intentaba sonreír, y continué. 

—Bueno, yo no quiero que me hagas llorar, quiero que me hagas el café.

Reímos entonces los dos y tras esos entrañables instantes, cada cual se fue a su sitio: ella a su cafetera y yo a mi rincón, a la última mesa del salón. 

Me acomodé y saqué mis libreta de notas; ya no utilizo las servilletas de los bares como hacia antes, al fin he decidido llevar encima siempre una carterita y un bloc. Mientras intentaba concentrarme no podía evitar levantar la mirada y observar a Marta casi a cada instante, procurando que no se diera cuenta… ¿Hablaba de otra existencia, de otra vida, de desdoblarme?… Ahora ya está —me dije, sonriendo—. Yo aquí, enredado en mis misterios, y también con ella; a donde quiera que vaya, conmigo va.

 

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*(Imagen, CORDON PRESS)