>> Enigmas de la mente

«Los incidentes de percepción extrasensorial espontánea suceden a veces cuando las personas menos se lo esperan. Por lo tanto, con frecuencia son descartados como tales y se consideran meras coincidencias» (Charles Berlitz)

Cierta noche estaba escribiendo un artículo, tenía algunas dudas y decidí hacer un descanso para ir a tomar un café. Al salir de casa examiné el pequeño montículo de libros que leo a un tiempo, a ratos, y que suelo tener en una mesita al lado de la puerta para leer un poco mientras tomo el café. En esta ocasión me decidí por uno de Charles Berlitz, El mundo de lo insólito.

Mientras caminaba en dirección a la cafetería, mi cabeza seguía dándole vueltas a un par de frases interesantes, una de Armando Palacio Valdés y otra de Ralph Waldo Emerson, para encabezar el artículo; a veces me gusta hacerlo. Pero soy algo torpe, o perezoso,  para aprender idiomas, y ahora me fastidiaba no recordar la forma correcta de escribir el nombre completo de Emerson. Tendré que ver en casa alguno de sus libros o buscarlo en internet ahora con el móvil, me dije.

Llegué a la cafetería, pedí mi café, abrí mi libro por la pagina señalizada como de última lectura, leí las líneas finales, pasé la hoja y… ¡caray, qué sorpresa! El comienzo del siguiente capítulo llevaba el nombre completo de Emerson: «Ralph Waldo Emerson y la señora Luther». Qué casualidad; pues podía haber cogido cualquiera de los ocho o diez libros que suelo tener en esa mesita… Pero ahí no quedó mi sorpresa. Seguí leyendo:

«Los incidentes de percepción extrasensorial espontánea suceden a veces cuando las personas menos se lo esperan. Por lo tanto, con frecuencia son descartados como tales y se consideran meras coincidencias. Algo así le pasó a la esposa del matemático F. S. Luther. Alguien le preguntó si tenía algún libro del poeta Ralph Waldo Emerson. Ella contestó que no y no pensó más en el asunto. Poco después, sin saber por qué, se dirigió a su biblioteca, tomó una revista y abriéndola al azar se topó justamente con un artículo de Emerson».

En mi caso, tomé el libro —de entre todos los que había sobre la mesita— en el que se encontraba la solución a mi pequeña preocupación de aquellos momentos. ¿Casualidad o percepción extrasensorial?…

Cuando al parecer sucede lo que se suele llamar «percepción extrasensorial», da la impresión de que la persona que lo protagoniza no actúa por sí misma; hace, dice o percibe algo en cierto instante de forma inconsciente. ¿Había yo elegido el libro o lo había elegido mi mente; como si de una segunda persona, disimulada en los entresijos de mi cerebro, se tratara?

Cerré el libro y, mientras saboreaba el café, recordé algunas vivencias en las que se sucedieron sorprendentes casualidades.

Uno de mis más locos sueños, que obsesionó mi mente durante algún tiempo, fue el deseo de ser torero; en los años ’70, cuando yo tenía 18 años y cuando, afortunadamente, la mayoría de edad estaba fijada por ley en los 21 años. En aquellos tiempos, para ejercer la arriesgada profesión de torero a mi edad se necesitaba un consentimiento notarial paterno. Y decía antes afortunadamente porque mi padre no acepto firmarme su autorización y porque, además, cuando en cierta ocasión estuve en las cercanías de un miura comprendí con claridad meridiana que ese no era mi sitio ni mi destino. Ambas cosas, pues, pusieron fin a una carrera que no llegó prácticamente ni a empezar, a pesar de haber encontrado numerosos apoyos; lo cual es la razón de este anecdótico recuerdo.

Casi acababa de llegar a Barcelona. Formaba parte de mi equipaje de entonces un capote usado que compré en el Rastro de Madrid. Y cualquier momento era bueno para mi sueño febril, para mis ensoñaciones o ensayos de salón. Alojado en la zona antigua de la ciudad, en los alrededores de la popular calle Boquería y las Ramblas, paseaba preocupado por aquellas callejuelas sin un duro en el bolsillo; el último me lo había gastado en un bocadillo de jamón. Estaba a la espera de comenzar un nuevo trabajo durante la semana siguiente, tras haber perdido el que tenía por una discusión con mi superior… Además no podría cobrar mi primera paga hasta transcurrida una semana mas como mínimo; el sueldo era semanal. ¿Cómo iba a pasar casi quince días sin comer?… en una ciudad en la que estaba recién llegado, sin conocer a nadie.

Pensé en dirigirme a algún bar o restaurante de la zona, explicar mi situación y solicitar crédito durante unos días, hasta cobrar la primera paga. Así pues, caminaba observando los diferentes establecimientos que encontraba, mirando si había mucha o poca gente en el local —buscando cierta discrección para mi propuesta— , intentando examinar a distancia el semblante del camarero o aparente propietario… A ver cual me daba la impresión de ser el más receptivo.

Finalmente me decidí por un bar pequeño situado en una placita, a la salida de un callejón de la calle Boquería. Hablé con el dueño, el cual inicialmente me hizo pasar un mal rato negándose a mi proposición. Aunque unos minutos después, mientras yo tomaba un vino —que no sabía cómo iba a pagar—, se me acercó, más comprensivo y dispuesto a ayudarme. Hablamos un rato y no solo me dio de comer, me ofreció alojamiento pagado en una pensión cercana y trabajo como ayudante en su mismo bar… ¡Caray!, eso si que fue suerte.

No obstante, lo más interesante sucedió unos días después. A una hora temprana de la mañana, momento en que no había clientes y yo me encontraba en el bar haciendo limpieza, me puse a practicar toreo de salón con mi capote, el cual solía esconder en un armario para entrenar por las mañanas en algún momento cuando, haciendo la limpieza me encontraba yo solo en el local.

Pero un día el jefe apareció antes de lo acostumbrado y me sorprendió en plena faena torera…  Pensé que me iba a llamar la atención, que iba a tener la primera discusión en mi nuevo trabajo. Ambos nos quedamos parados y en silencio… hasta que estalló con cierta alegría: «Vaya; ya sospechaba yo algo; ¿cómo no me lo has dicho antes?… No sé por qué me imaginaba que podías ser un maletilla» (así se les llamaba a los jóvenes que aspiraban a ser toreros). Yo no sabía qué contestar, estaba aturdido por haberme sorprendido y por llamarme maletilla; pues con ello ya me ascendía de categoría. De ser un ingenuo y anónimo soñador de torero en aquel instante pasaba a ser un candidato reconocido.

Y en ese estado de aturdimiento en que me encontraba continuó: «Pero chico, si aquí viene muchísima gente del mundo de los toros de Barcelona. Te los voy a presentar, y seguro que te van a echar una mano».

Efectivamente, en los días siguientes, a cada momento me llamaba el jefe para presentarme a alguien. Ya fuera un apoderado, un banderillero, un torero retirado… Al poco tiempo me habían conseguido fecha para debutar en una de las capeas nocturnas que para aspirantes se celebraban en las noches veraniegas de la Monumental de Barcelona. También ofrecieron en préstamo un de trajes de luces, y hasta me consiguieron una entrevista con Palomo Linares para apadrinarme.

Sin embargo, lo más sorprendente sucedió un día al final de la jornada, mientras barría el local antes de cerrar. Estábamos solos, el jefe se me acercó muy serio, y me dijo —recuerdo que estamos en los años ’70 —: «Tengo ahorradas cincuenta mil pesetas, si quieres, yo soy tu apoderado y empezamos a montar corridas»…

Aquello era demasiado. Una proposición increiblemente generosa, muy grande para un simple soñador bastante ingenuo. También bastante ardiente. Lo suficiente como para, inconscientemente, haber llegado hasta el sitio más apropiado, más coherente con la excitada ilusión de aquel momento de mi vida.

Podía haber entrado en cualquiera de las docenas de bares de aquellas callejuelas, pero entré allí.

Cierta noche de invierno de años más tarde, conducía mi vehículo por una carretera comarcal de Galicia en la que poco a poco se fue instalando una densa niebla. Tan densa que llegó un momento en que la visibilidad era prácticamente nula. Podía haber suspendido el viaje, pero la importante necesidad de realizar un trabajo me impulsaba a continuar a pesar del riesgo.

Tras un rato de circular con la intensa niebla, observé que paralelamente a la carretera había otra perteneciente a un polígono industrial que estaba toda ella illuminada con farolas similares a las de las zonas urbanas. Decidí utilizar una de las entradas laterales que a ella surgían en la carretera y circular bajo esas farolas cuantos kilómetros me fuera posible.

Aquella decisión fue un error. La luz de las farolas no ayudaba nada. En tales circunstancias, cuando la niebla es muy densa la luz transforma el espacio en una enorme nube blanca cuyo resplandor no te permite ver nada a más de un metro. Pero ya no tenía más remedio que continuar, al menos hasta encontrar una siguiente salida que debería tomar hacía mi izquierda para regresar a la carretera comarcal.

Como digo, no se distinguí nada a más de un metro. Puse el coche en primera y me armé de paciencia; ¡en primera!, no era posible ir más deprisa. Así conducí durante un tiempo indeterminado que no recuerdo. Hasta un punto en el que, confuso sobre mi situación, decidí parar el coche, bajarme y andar un poco a pie para tratar de vislumbrar cuanto podía faltar para llegar a la salida. Y nada mas salir del coche y dar un par de pasos, me quedé paralizado… La carretera estaba cortada, había detenido el coche a pocos metros de un barranco, de una enorme zanja de corte vertical sin señalizar en la que me habría precipitado pocos segundos después… si no hubiera decidido parar en aquél instante.

Totalmente impresionado, voví al coche, encendí un cigarrillo —entonces fumaba—, y mientras me recuperaba del estremecimiento que me invadió, me preguntaba qué cosa me había hecho detener el vehículo en aquel momento.

El mundo de los toros no era lo mío, pero en el momento en que lo fue, me detuve en un casual lugar donde todo se puso a mi disposición. No sé qué cosa me hizo parar acertadamente en aquella niebla, ni porqué cogí ese libro en vez de cualquier otro. Pero la experiencia parece enseñarme que detrás de cada decisión hay algo sobre lo que mi mente sabe más que yo.

 

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