8, Diciembre, 2019

Clonación humana

Recuerdo ahora cómo en mi juventud bromeaba en tertulias con amigas a las que me gustaba provocar con frases de este estilo: «Las mujeres sois laboratorios ambulantes». Sí, les decía, en realidad estáis en este mundo para librarnos de la engorrosa tarea de desarrollar un nuevo ser humano. Pero creo que los japoneses ya tienen muy avanzada una máquina capaz de hacerse cargo de ese asunto. En el futuro iremos al supermercado a comprar nuestros hijos; en bolsitas, como las semillas, colgadas de expositores luminosos y de diferentes fabricantes: «Ingeniero naval, rubio, ojos azules… Garantizado. Si no saca la carrera le devolvemos el dinero». Luego de escoger el niño con las características deseadas iremos a casa, colocaremos el contenido del sobrecito en el interior de nuestra «Máquina Procreadora» —otro nuevo electrodoméstico que dispondremos en nuestras casas, similar a un horno microondas— y se iniciará el proceso, sin más.

Pocos años después de estas conversaciones en las que la mayoría de las mujeres se revolvían contra mí, en 1978, el nacimiento del primer bebé probeta ocupaba los titulares de los periódicos. Luego, en 1996, era la oveja Dolly la protagonista, el primer ser clonado (¿oficialmente?) de la historia. Más tarde, ya en España, nacería el primer toro bravo clonado, y el año pasado los chinos anunciaron la clonación de monos con nuevas técnicas.

Y aunque, con excepción de los bebés-probeta, las primeras experiencias no dieron muy buenos resultados, pues produjeron vidas enfermizas y muertes prematuras, a la expectación inicial de tales experimentos sobre la vida que poco a poco se van convirtiendo en realidades con nuevos y perfeccionados procedimientos, sigue cierto desasosiego sobre su correcta utilización, sobre si realmente se convertirán en ventajas o en problemas. Los intentos continuan y parecen, con la pertinaz obsesión de la ciencia por un lado y de las empresas ávidas de nuevos negocios por otro, ir avanzando en el objetivo de clonar seres vivos, de crear vidas a la carta. De hecho ya son miles, animales de compañía fundamentalmente, los seres vivos clonados, cuyas altas facturas (unos 40.000€) son pagadas por personas adineradas empeñadas en hacer fotocopias de sus queridas mascotas.

Inexorablemente nos vamos acercando, para bien o para mal, a la clonación humana.

La clonación de seres humanos es un delicado asunto sobre el que la Organización de Naciones Unidas intenta, hasta ahora sin éxito, un amplio consenso internacional para su prohibición. Sólo algunos países tienen leyes definitivas para la prohibición de clonar seres humanos, entre ellos Japón, que contempla penas de hasta 10 años de cárcel.

Pero los científicos y las empresas continúan experimentando y, de momento, vendiendo mascotas repetidas. Probablemente, como casi siempre pasa con muchos de los avances técnicos y científícos, la legislación llegará después. Y, aun cuando llegue y haya un gran consenso internacional al respecto, ¿se respetará la ley?

Uno llega a pensar si se atreverá algún loco poderoso a intentar perpetuarse utilizando estas técnicas de forma secreta... Si ciertos dictadores, por ejemplo —que manipulan todos los resortes del poder—, consiguieran clonarse, incluso educarse, e introducir el clon con el apoyo de su propia influencia entre la nueva generación de dirigentes de sus países. ¡O de países vecinos! Total, sería cuestión de hacer más copias e irlas repartiendo por ahí, con su misma estructura biológica, doctrina y filosofía.

En esta mezcla de temor y cierto humor que me produce pensar en tan desconcertantes posibilidades imagino también, por otro lado, a las multinacionales del cine y la televisión, empresas que disponen de inmenso poder económico, mediático, e incluso de influencia política, tratando de valerse de tales artes para su beneficio. Dada la audiencia que consiguen algunas estrellas, ¿podrían suscitar la idea de permitir su eternización con sucesivos procesos de clonación?... ¿Y los ejércitos sus mejores soldados, los héroes?, ¿y las Universidades los grandes científicos, los premios Nobel?, ¿y los santos?... Quizá no fuera mala idea clonar a las buenas personas. En unas cuantas generaciones podríamos llenar el planeta de gente honesta y bondadosa que, poco a poco, iría ocupando puestos de responsabilidad en todos los ámbitos de la vida haciendo una sociedad más justa y feliz; si antes no lo impide alguna dictadura totalitaria clonando ciudadanos servíles y agresivos promotores.

En fin, la rueda permitió la fabricación de vehículos y facilitó los transportes, pero también la construcción de los carros de combate; los aviones acortan las distancias, nos regalan tiempo, pero permiten los bombardeos; Internet nos comunica y nos da acceso a gran cantidad de información, además de permitir anonimatos y falsedades con fines dramáticos. Y el cuchillo jamonero con el que cortamos deliciosas lonchas de jamón en una agradable fiesta familiar puede ser el arma con la que luego degollemos a nuestro vecino. Nada es realmente bueno o malo, y el progreso técnico y científico es imparable. Hay que asumirlo. Por tanto, lo único que podemos hacer es rezar esperando que estos avances de la ciencia, así como el cuchillo jamonero, solo se utilicen para, de alguna manera, hacernos más felices.


*Imagen, composición derivada,

freepik.com, Pixabay, Rampixel, Antonio Gravante

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