3, Agosto, 2019

El lobo estepario

«Nunca ha tenido hombre alguno una necesidad más profunda y apasionada de independencia que él. En su juventud, costándole trabajo ganarse el pan, prefería pasar hambre si así salvaba un poco de independencia. No se vendió nunca por dinero ni por comodidades, nunca a mujeres ni a poderosos; más de cien veces tiró y apartó de sí lo que a los ojos de todo el mundo constituía excelencias o ventajas, para conservar en cambio su libertad» (El lobo estepario)

Organizando mi pequeña biblioteca tropiezo con libros que son reencuentros conmigo mismo. Mientras los dispongo veo en sus lomos el tiempo reposado, y con el tacto de su particular papel, de sus hojas amarilleadas, rebrota alguna etapa de mi vida. De cuando en cuando no resisto el impulso de abrir alguno azarosamente sabiendo lo que voy a encontrar. Turbulentas sensaciones, sentimientos que despertaron o se afianzaron, compañía sabia y discreta que llenaba vacíos, que era impulso de nuevas ideas o impulsaba las más viejas e intimas; las que no pudiéndose compartir con vidas cotidianas y corrientes necesitaban escuchar esas lejanas y certeras voces que en el silencio de la letra impresa llegan a atronar los oídos y el alma devolviendo confianza y fortaleza. Obras que se convirtieron en catecismos personales y equipaje permanente. El Lobo estepario es uno de esos libros. Lo encuentro, y hojeándolo consigue detenerme en mi trabajo releyendo algunos párrafos.

«Con fingida alegría me puse a trotar sobre el asfalto de las calles, húmedo por la niebla. Las luces de los faroles, lacrimosas y empeñadas, miraban a través de la blanda opacidad y absorbían del suelo mojado los difusos reflejos».

Hermann Hesse es maestría literaria y pensamiento profundo; que refleja en El Lobo estepario la sinceridad de un hombre torturado internamente —con tentaciones de suicidio— relatándose a sí mismo. Como tratando de explicarse, justificarse o recrearse en su propia historia practicando una hábil, sencilla y elegante capacidad para la narración.

«Corrí más deprisa, y atravesando la dormida calleja del suburbio llegué a mi barrio… Pasando por la hiedra, por el césped, por el pequeño abeto, alcancé la puerta de mi casa, di con la cerradura, hallé la llave de la luz, me deslicé junto a las puertas de cristales, pasé por los armarios barnizados y junto a las macetas, abrí mi cuarto, mi pequeña apariencia de hogar, donde me esperan el sillón y la estufa, el tintero y la caja de pinturas, Novalis y Dostoievski, igual que a los otros, cuando vuelven a sus casas, les esperan la madre o la mujer, los hijos, los criados, los perros y los gatos».

Y dejando, a cada oportuna ocasión, mensajes de una filosofía cuyo cimiento fundamental es la libertad. Creo que le apasionaba hacer esto, quizá lo único que realmente amaba; a lo que era capaz de entregarse encontrando satisfacciones internas, olvidando entretanto los dolores físicos y espirituales que permanentemente le aquejaban y consiguiendo, en el fondo, que finalmente y a pesar de múltiples depresiones y tentaciones, no se suicidara.

«Aunque no podía contar con una orquesta de cámara y aunque no pudiera encontrarse un amigo solitario con violín, aquella linda melodía seguía, sin embargo, en mi interior, y yo mismo podía tarareármela… No, también se las podía uno arreglar sin música de salón y sin el amigo, y era ridículo consumirse en afanes sociales. Soledad era independencia, yo me la había deseado y la había conseguido al cabo de largos años. Era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en que se mueven las estrellas».

Su frecuente pensamiento en el suicidio me turba cuando aparece en alguno de los capítulos, pues en los primeros años de mi juventud, de alguna parte llegaron a mi espíritu lecturas troceadas de su filosofía que portaban una fuerza arrolladora y que se clavaron en mi alma certeramente, como si flecha y diana se pusieran de acuerdo, como si se esperaran mutuamente con magnetismo irreprimible:

«Aquél cuya personalidad no ha logrado desligarse de sus orígenes sino a fuerza de penas y luchas, no propende a entregar esa libertad y responsabilidad, conseguidas a tan alto precio, a cualquier programa, tendencia o cliché».

Escribí estas frases en una tarjetita que conservo desde hace casi cuarenta años. Hoy, releyendo El Lobo estepario me estremece de nuevo cada párrafo en el que alude al deseo suicida quién tanta fuerza me transmitió en sus palabras durante mi juventud. Estas son mis preferidas, a las que soy fiel:

«Sí, di sí a ti mismo, a tus sentimientos, a tu destino. A dónde conduce no lo sé, pero conduce a la vida, a la realidad, a lo ardiente y necesario. Podrás encontrarlo insoportable, pero rehuir ese camino por traición al destino y sentido propio, por adhesión a lo normal, eso no lo puedes hacer».

Hermann Hesse ha constituido una referencia muy particular para millones de jóvenes del siglo XX por su especial capacidad para penetrar en el espíritu del lector con el retrato de sí mismo, con una actitud crítica llana que consigue trasladarnos a enfoques de profundidad y despertar semillas que íntimamente germinan ambiciones de un mundo más digno: una visión esencial y sencilla de la vida con pertinaz deseo y defensa de la libertad personal.

Todavía me lo pregunto cuando acomodo el libro en el estante, ¿cómo podía especular con el suicidio una personalidad tan fuerte?... Afortunadamente sólo fue eso, un pensamiento. Porque en las mentes grandes, anchas, abiertas a la exploración de todas las opciones y posibilidades, las tentaciones, de todo tipo, son otras más. De eso se trató, de otra tentación que tampoco le derrotó.


*Imagen, Gret Widmann, Wikipedia

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