24, Noviembre, 2019

Sufrimiento

«La ciudad era un horno incandescente por la que corrían antorchas vivientes aullando entre las ruinas iluminadas por los azulados fulgores del incendio. Vacilaban, giraban sobre sí y caían, se levantaban y volvían a caer más lejos, dando vueltas como trompos. Luchaban, gritaban, aullaban como los caballos pueden aullar ante la muerte… En un instante, un cráter profundo quedó lleno hasta el borde por esos seres en llamas: hombres y mujeres, bailando la misma danza macabra en un aura resplandeciente» (Sven Hassel, Los panzers de la muerte).

Relatos tan espantosos como este extracto narrado por Sven Hassel, soldado alemán durante la Segunda Guerra Mundial, fueron los que hasta entonces habían llegado a mis manos descubriéndome la otra cara de un mundo que nada tenía que ver con las experiencias de mi infancia; llena de cariño, ausente de necesidades y de otro espacio en mi ingenua imaginación que no fuera el de historias fantásticas, películas de Hollywood con final feliz y aventuras de plástico y cartón piedra. Impresionado por sus novelas, no sólo empecé a tener cierta conciencia del sufrimiento de seres anónimos que viven sus vidas sencillas y que de pronto se encuentran invadidos por el horror, también del que esclaviza a los soldados y de los extremismos a que puede llegar el ser humano:

«El teniente Gilbert anduvo unos cuantos kilómetros aguantándose los intestinos con las manos; el Oberschütze Zobel cruzó la tierra de nadie arrastrándose, a pesar de que tenía una cadera hecha papilla. El zapador Blaske llegó cojeando a la enfermería, con media cara arrancada y una pierna molida… El sargento se arrastró hasta la tienda del cirujano con los dos pies atados al cuello mediante un cordel, ¡pensando que quizá se los podría coser! Y el abanderado West, hijo de un general, estuvo tres días entre las líneas, ensartado en bayonetas verticales y saliéndole los pulmones por la espalda. Porta y yo lo recogimos, y aún vivió cuatro días más» (Sven Hassel, Los vi morir).

Las guerras que imaginábamos en nuestros juegos infantiles, las que nos presentaban comics y películas, ignoraban tales crudezas, eran otras guerras. De armas con las que se disparaba al enemigo y punto. Un disparo, un muerto o un herido que se identificaba por el hilillo de sangre que surgía del redondo agujero producido por la bala. No obstante, a pesar de ese terrorífico semblante de las guerras verdaderas que iba descubriendo, se trataba de eso, de la guerra: la lucha contra el enemigo, la defensa de la patria, de la tierra... Por muy infame que pudiera parecer, tal horror tenía ese matiz; inaceptable en cualquier caso pero, de alguna manera, justificador ante la mente que, casi desesperada, busca un pretexto para tratar de asimilar tal abominación. Así, el sufrimiento extremo apareció en la incipiente conciencia de mi pubertad e intentó refugiarse en la excusa de la guerra. Pero, como decía al principio, hasta entonces.

Hasta aquel día, pocos años más tarde, en que mis aventuras juveniles, recorriendo el país en autoestop y en condiciones muy precarias, me obligaron como en otras ocasiones a pasar cierta noche al raso. Quiso la casualidad que intentará refugiarme del frío en un portal a cuyo lado se había depositado un gran paquete de revistas para ser recogidas por el servicio de limpieza y que constituyeron mi entretenimiento nocturno a la oportuna luz de una farola cercana. No olvido aquella noche. Era el verano de 1978, Argentina celebraba el Mundial de Fútbol bajo la dictadura de Jorge Rafael Videla y las torturas a los disidentes. Cierto periodista, haciéndose pasar por comentarista deportivo, logró ganarse la confianza de militares corruptos y realizar el espeluznante reportaje de investigación que llegó a mis manos en una de aquellas publicaciones:

«Padre e hija fueron secuestrados y encerrados en dos habitaciones contiguas. Desde la suya, el padre pudo oír los gritos de la hija violada repetidas veces por guardianes y torturadores. Finalmente, el padre fue llevado a la misma habitación donde ella se encontraba; y ante su presencia, los verdugos introducían ratones en la vagina de la chica destrozándole las entrañas entre aullidos de dolor…».

El concepto de cualidad humana que sobrevivió a los espantosos relatos de la guerra verdadera ya no tenía coartada desde el instante en que este párrafo alcanzó mi conciencia rompiendo estrepitosamente los restos de inocencia, candor, ingenuidad exultante ante la vida y la condición especial de quienes nos creemos los seres superiores, el milagro de la naturaleza, la proyección divina… El alma caía al barro, al cieno maloliente, al pozo más nauseabundo que hubiera podido imaginar.

Más de cuarenta años después sigo oyendo esos gritos; conmoviéndome, inevitablemente alterándome la paz interna, humedeciéndome los ojos, conteniendo rabia, indignación… —gestos inútiles, desesperadamente inútiles—, interrogándome sobre ese sufrimiento.

Y por todos esos otros sufrimientos que se suceden entre nosotros, paralelamente a prósperas y acomodadas existencias y tras numerosas actividades legales e ilegales. La trata de mujeres, el abuso y comercio de niños, las leyes irracionales que en pleno siglo XXI persisten en algunos países: amputaciones, lapidaciones… Y en la trastienda de esta vida moderna, las torturas sistemáticas por sicarios, ejecutándose como trabajos rutinarios a quienes no se atienen a las imposiciones de las mafias de todo tipo que, tal como las ratas en nuestro alcantarillado urbano, viven y se desarrollan casi impunemente bajo las complejas estructuras de nuestra flamante civilización.

Tras volver la mirada durante unos instantes hacía estos pozos de inmundicia que el ser humano todavía sigue creando, a esta crueldad que sobrevive en la naturaleza humana, uno se pregunta si es posible seguir manteniendo la esperanza en una especie, un proyecto, que parece tener un defecto de fábrica casi quimérico de solucionar. Una aspiración en la que su propio creador fracasó.

Frustración que ya se manifestó al poco de la existencia del ser humano y que se tradujo en su expulsión de aquel hermoso jardín en el que ingenua e ilusamente había sido alojado. Desengaño que volvió a hacerse luego tan evidente como para que Dios decidiera su exterminación mayoritaria con un diluvio universal; y con exterminaciones posteriores, como la destrucción de Sodoma y Gomorra; o con un selectivo aislamiento, programado como intento de reconducción de su condición en el largo, y alargado, camino por el desierto hacía cierta tierra escogida. Fracaso que nuevamente se hizo patente en lo que parece ser la última tentativa de Dios en la recuperación del proyecto, el mensaje ejemplarizador escrito con el sufrimiento y la sangre de un enviado especial: su propio hijo.

Desde entonces, este proyecto humano parece haber sido abandonado definitivamente a su suerte. Con el único recurso de una historia salpicada de vez en cuando por el impulso revolucionario y motivador de algún mártir que nos muestra, con singular existencia y actitud, la otra cara de esta misteriosa moneda que es la vida humana, la capacidad de luchar y sufrir sin perder la fe y el espíritu de superación.

Pero el sufrimiento también camina solapado a nuestra existencia más normal. Y aparece con las enfermedades, las angustias de la vida, y las catástrofes. Un científico puede decirnos que el sufrimiento es en realidad un mecanismo de supervivencia para el ser humano. Sin el espoleo del dolor y el temor no se desarrollarían las capacidades, herramientas o estrategias protectoras que garantizan la resistencia de la especie permitiéndonos superar numerosos obstáculos en todos los frentes de esta obstinada batalla que es vivir. Y así parece que hay que aceptarlo. Pero cuando este caro mecanismo de supervivencia, la facultad de sufrir, se transforma en instrumento cruel y oportuno para la imposición de voluntades, abusos y disfrutes egoístas, entonces el sufrimiento se convierte en otra cosa. En una deuda que empieza a emitirse desde el primer lamento y a alcanzar pagadores cuando, en cualquier forma o medio, esos lamentos llegan a nuestra conciencia. En un enigma que no va a resultar gratuito ni a los más ajenos, en un misterioso entresijo que devuelve a la humanidad un saldo pendiente convertido en fuerzas irreprimibles.

De nada sirvieron a sus torturadores las vidas sacrificadas de los cristianos quemados y arrojados a espectáculos sanguinarios entre fieras. Su religión se ha extendido por todo el mundo con un poder e influencia casi inimaginables por aquellos acérrimos defensores.

Niños y viejos, inválidos con sus sillas de ruedas incluidas, mujeres amamantando a bebés, amedrentados y conducidos por perros amaestrados, eran arrojados vivos y sin contemplaciones a inmensas hogueras en los campos de concentración nazis, mientras otros miles de judíos morían desesperados en las cámaras de gas. Y apenas unos años después nacía el estado de Israel.

Alrededor de cincuenta millones de africanos fueron sacados de sus tierras, separados de sus familias, encadenados, abusados, vendidos y explotados durante generaciones en diversos países del mundo, especialmente en Estados Unidos. Tragedia humana que reflejaba y denunciaba la novela de Harriet Beecher: La cabaña de tío Tom; que fue el libro más vendido durante el siglo XIX, después de La Biblia, y era muy popular en las librerías del siglo XX y durante mi infancia. Hoy, miles de descendientes de aquellos africanos arrancados de su tierra asisten a universidades, ocupan numerosos puestos relevantes en la sociedad americana: médicos, profesores, abogados, investigadores, deportistas, políticos… Y un representante de la raza más sometida en toda la historia de la humanidad ha alcanzado la presidencia de la nación más poderosa del planeta.

Probablemente de quienes ahora, en estos instantes, sufren las persecuciones y atrocidades que aún anidan en el espíritu humano, en el silencio de sus vidas anónimas y al amparo de nuestra consciente o ignorante complicidad, ni sus lágrimas ni su sangre caen en el vacío; están escribiendo un futuro que quizá no podemos imaginar.


*Imagenes, Wikipedia, nepabuleici

Compartir

< Subir  -  Índice  -  Inicio >

 

Contacto: web;@!antoniomiguel.es - Editoriales, distribuidores y librerías: ediciones;@!antoniomiguel.es

 

Copyright © Antonio Miguel - Diseño adaptado: "Daily Magazine" by AF Themes />