27, Julio, 2019

ETX - Extraterrestre en Extremadura / Cap. 4 - Pinganillos

Eran más de las doce de la noche cuando por fin decidí abandonar la cafetería, el lugar de mi imaginario encuentro con, quizá también, mi imaginado extraterrestre. Siguiendo las instrucciones de esa alucinante fantasía que perturbó mi mente y mi normal capacidad de raciocinio, había estado esperando inútilmente, entrando cada cierto tiempo en el lavabo, el sitio que mi calenturiento instinto me indicaba como punto de encuentro. ¡Qué pensaría la camarera!... Toda la tarde tomando cafés y paseándome hasta los servicios… ¡Seré idiota!

Mientras me dirijo al coche pienso que es mejor que vaya a cenar fuera de casa, y luego a tomar una copa en algún sitio estimulante. Si me meto en casa ahora voy a volverme loco insultándome yo mismo… ¡Ah, Dios mío!

Al entrar en el coche me relajo y activo la llave de contacto recordando que esta mañana me arreglaron en el taller una de las esferas de la suspensión hidráulica. Producía cierto roce, hacía ruido y el coche se levantaba muy despacio. Ahora ya estaba bien y tras arrancar me reconfortaba ver con qué facilidad se levantaba mi viejo BX, parecía que fuéramos a despegar, a volar. Se elevaba con suavidad, sin ruidos… Subía, subía… ¿Pero qué pasaba?... Subía más, y más… Realmente estaba alcanzando altura, ¡nos elevábamos sobre los vehículos contiguos!... Las ventanas de los edificios laterales pasaban ante mi vista, primero despacio, luego cada vez más deprisa, hasta situarme con mi coche por encima de las azoteas. ¡Estábamos volando!... Y nuestro vuelo parecía pasar desapercibido en el oscuro y solitario callejón en el que había aparcado.

Un chasquido metálico se oyó entonces, y tras un último y pequeño impulso, el vehículo se estabilizó. Algo se había instalado bajo nuestras ruedas. Las estrellas de la noche se habían sustituido por los ligeros resplandores metálicos de la estructura de un gran hangar. Y antes de que pudiera reaccionar, lo vi. Mi extraterrestre estaba allí, de pie, al lado de mi coche, sonriendo con su pequeña boca y esperando que me decidiera a salir. Lo cual hice con cierta torpeza sobre mis temblorosas piernas. Se me acercó tendiendo la mano para saludarme, mientras con la otra se colocaba un extraño aparatito sobre la boca; con una especie de patillas anchas similares a las de unas gafas de sol y que llegaban hasta la aparente zona de unas inapreciables orejas. Y empezó a hablar en un perfecto español:

—Hola de nuevo. No podíamos encontrarnos antes, había mucho tráfico.

—Vaya, ¿también hay tráfico en el espacio? —me atreví a contestar.

—¡Oh! no —percibí un cierto soniquete parecido a una extraña carcajada y continuó—, tráfico en su ciudad. Demasiados testigos para nuestro acercamiento, habríamos asustado a la población.

—Ya.

—Acompáñeme, le presentaré a mis camaradas.

Nos acercamos a un foco de luz blanca vertical y, siguiendo sus indicaciones, me coloqué junto a él bajo ese torrente luminoso. Casi instantáneamente perdí la sensación de la gravedad y nos elevamos suavemente. Era una especie de avanzado ascensor.

Llegamos así a una sala de forma ovalada, con paredes metalizadas y rodeada de un panel vertical en el que aparecían fugazmente pantallitas, luces y botones suavemente iluminados, al mismo tiempo que un extraterrestre, un poco más bajito que mi anfitrión, volvía la mirada acercándose a nosotros.

—Hola, camarada Fix —le dijo mi acompañante cuando entramos.

El camarada Fix se colocó también un aparatito en la boca y contestó:

—Hola, camarada Tot. Hola señor Antonio Miguel. Estamos muy contentos de tenerle aquí.

—Gracias —contesté agradablemente sorprendido.

Una abertura lateral se produjo entonces, y empezaron a entrar… seis extraterrestres más.

Se colocaron en el centro de la sala y, al momento, del suelo se levantó una plataforma, como de cristal, situándose entre ellos a la manera de una mesa de reunión, y con otros seis aparatitos que todos se colocaron, al igual que Tot y Fix, delante de la boca. Luego tomaron postura de sentados sobre un haz de luz que se iluminó bajo cada uno de ellos.

Yo permanecía de pie al lado de Tot, hasta que éste me indicó que nosotros también podíamos sentarnos sobre las respectivas formas de luz que aparecieron a nuestro lado. Y el más cercano de los seis extraterrestres, a mi izquierda, comenzó a hablar.

—Bienvenido señor Antonio Miguel. Esperamos que se encuentre usted bien y tranquilo. No piense nada peligroso de nosotros, no queremos hacerle daño. Ni a usted ni a ningún terrícola. Solo queremos conocerles bien, y también darnos a conocer… Sin problemas, sin excitaciones. Somos unos habitantes más del Universo, como ustedes.

—Ya… —no tenía ni idea de qué decirle; pero me pareció intuir una buena voluntad por su parte.

—Nos gustaría mantener una pequeña conversación con usted —añadió el que estaba a mi derecha—… Pero, ¿quiere hacernos alguna pregunta antes?... Quizá le ayude a tranquilizarse. ¿Qué opina de lo que ve? ¿Le sorprende algo de este panorama?

El tono sereno de las voces que parecían reproducirse en aquellos aparatitos que todos se habían colocado en la boca y la oferta de preguntarles, consiguieron relajarme un poco.

—Bueno —me empecé a animar—, en la Tierra tenemos instalaciones bastante parecidas. Aunque todavía no hemos aprendido, creo, a absorber individuos… Y esos aparatitos con los que consiguen hablar perfectamente mi idioma, son algo así como nuestros pinganillos, ¿no?... Unos intérpretes hacen la traducción, ¿verdad?

—¿Intérpretes?

—No —se apresuró a decir, interviniendo, el llamado Fix, que tenía aspecto de espabiladillo—. No son necesarios intérpretes, el equipo detecta la formación del pensamiento previo a la ejecución vocal y la ejecuta según el algoritmo vocal del interlocutor.

—Vaya… —aunque me parecía un poco enredada la explicación, creo que comprendí la idea—, no necesitan intérpretes, no hay que pagar a nadie.

—¡Oh, no! —contesto Fix, añadiendo ese extraño soniquete que me parecía carcajada extraterrestre.

—Vaya, pues ahí abajo tenemos algunas complicaciones con estas cosas y sus presupuestos. Ahora en el Senado hay un lío tremendo, este invento de ustedes podría ser una buena solución.

—No, no sirven para ese problema.

—¿Pues…?

—Porque esos extraños terrícolas políticos, en realidad, piensan en un idioma y hablan en otro.

—¿Qué curioso? —intervino el primero de la mesa—, ¿cómo es que en su país hay quienes piensan en español y luego se empeñan en hablar de otra manera?... ¿No es una complicación?

Creo que se me quedó la cara en forma de interrogación. ¿Qué podía decirles?

—La verdad es que no lo sé; oigan, yo no soy político.

—Ya, ya lo sabemos. Usted es escritor.

—Bueno, lo intento.

—Pues eso; eso es lo que nos interesa de usted. Y queremos proponerle que colaboré con nosotros en esta misión.

—¿Qué misión? —no pude evitar interrumpirle—… Perdón, continúe.

—En la estrategia de darnos a conocer, poco a poco, ante los terrícolas de su área de influencia.

—¿Cómo podría hacer yo eso?

—Como lo está haciendo ya. Contando historias sobre nosotros. Relatos, encuentros, conversaciones… Que serán como aparentes fantasías, pero cuyo contenido irá preparando la mentalidad de sus compatriotas terrestres. Y, con el tiempo, facilitaran mucho nuestro próximo e inevitable encuentro. Han de estar preparados para ello y no deben vernos como enemigos ni nada parecido. Simplemente como vecinos de nuestro Universo… Un poquito diferentes, claro. Pero no mucho, no se crea… A nosotros también se nos acabó el petróleo, pero encontramos otras cosas… ¿Qué le parece el asunto?

—Bien, pero…

—No se preocupe, nosotros le ayudaremos, le daremos ideas.

—¿Quiere decir que nos encontraremos frecuentemente?

—Sí, posiblemente; el camarada Tot será su enlace. Aunque para esta labor concreta no será muy necesario, nosotros le mandaremos sugerencias.

—¿De qué forma, por correo electrónico?

—¡Oh, no, no!... Utilizaremos la transmisión mental. Usted lo único que tiene que hacer es tener un cuaderno de notas a mano cuando se vaya a dormir.

—Eso ya lo hago desde hace mucho tiempo.

—Claro, ya lo sabemos. Por eso le hemos elegido. Durante el sueño le enviaremos nuestros mensajes, le mostraremos imágenes de nuestro mundo, de nuestra forma de vida, le contaremos pequeños secretos… Usted sólo tendrá que anotar esas cosas y transformarlas luego en historietas para sus lectores. ¿Qué le parece?

—Muy divertido, es casi lo que hago.

—Bueno… —le salió una especie de ejem, una tosecilla extraña, y tornando el semblante y la voz algo más serios, continuó—. En realidad ya hemos hecho un pequeño ensayo con usted.

—¿No me diga?

—Si. Esta historieta, por ejemplo. A través de la visión inicial y verdadera de una de nuestras naves, allá en Extremadura, usted empezó a inventarla para sus lectores… Pero, ya ve, es una realidad. Nosotros le enviamos la idea… Le ruego nos disculpe, pues necesitábamos asegurarnos... Pero no queremos que esto siga así. Oiga, queremos que usted sea consciente, nosotros somos extraterrestres serios… ¿Me comprende?

Más que la proposición, el método del plan parecía haberme detenido la respiración. Me puse de pie sin poder evitar cierta consternación.

—Vaya… Y yo que creía que tenía buenas ideas, que mi imaginación era maravillosa, el mejor regalo de la vida.

Todos se pusieron en pie de inmediato, silenciosos e impresionados, algo angustiados. Tot se me acercó y me cogió con sus delgados brazos cariñosamente.

—¡Pues claro que tienes imaginación, y mucha!... ¿Es que piensas que todo te lo mandamos nosotros?... Nada de eso, nosotros no tenemos ni idea de tus historias. Si te elegimos es precisamente porque un tipo como tan imaginativo tú tiene capacidad para asimilar estas cosas. No vamos a meter en este asunto a alguien que escribe recetas de cocina. ¿Comprendes?... ¿Puedes entenderlo, verdad?

Tot intentaba calmar mi pequeña aflicción, y lo consiguió. Y nos sentamos todos de nuevo.

—Bueno, ¿qué nos dice? —continuó aquel extraterrestre que parecía ser el camarada principal, el jefe—, ¿está de acuerdo en colaborar con la misión? Nosotros se lo agradeceríamos muchísimo.

—Bien, estoy de acuerdo, lo haré. Y, esto… ¿me pagaran algo por el trabajo?

—¿Pagar?...

Fix, el espabiladillo, y ya tuteándonos, terció enseguida:

—En nuestro mundo no hay dinero. Pero, si lo haces bien, ya te pagaran en el tuyo.

—Ya... Y todo esto, esta labor, será en mi zona de influencia.

—Sí.

—O sea, una especie de franquicia. ¿De cuánta zona hablamos?

—Bueno, no son necesarias delimitaciones físicas —hablaba ahora Tot—, ya sabes como son los escritores. Depende de lo bien que hagas tu trabajo, puedes llegar a tantos lectores como para que tu área de influencia crezca en la misma medida; y continuamente.

Se hizo un pequeño silencio general. Todo ya estaba hablado y me animé a tomar la iniciativa, a mostrar mi predisposición:

—Muy bien, señores, cuando quieran empezamos a trabajar.

Los extraterrestres se me fueron acercando. Y dándonos un firme apretón de manos nos fuimos despidiendo. Fix se volvió a sus pantallas y botones guiñándome uno de sus grandotes ojos y Tot me acompañó hasta mi viejo BX. Que brillaba especialmente en el centro del enorme hangar de la nave… «¿A dónde no me llevará este coche?», pensé.

—Durante la reunión le hemos cambiado el aceite y equilibrado la dirección. Tenemos que cuidar de ti. Buen viaje —me dijo Tot mientras el suelo se abría de nuevo bajo nuestras ruedas e iniciábamos un suave descenso.

No sé a que altura sobre la ciudad estaríamos, pero la caída al vacío se producía con tal lentitud y placidez que empecé a adormecerme.

Y me desperté en el oscuro y solitario callejón. Sobre mi asiento, ligeramente reclinado, algo confuso, pero recordándolo todo como un agradable sueño.

Está claro, es mi trabajo.


*Imagen, diseño adaptado de freepik.com

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