29, Junio, 2019

La quiniela de la vida

Jimmy estaba sediento, entró en el bar más cercano que encontró a su paso y pidió una cerveza. En tanto se la servían, se dirigió al lavabo, quería refrescarse un poco y orinar. Casi todos los hombres, en los servicios públicos, cuando lo hacen, miran hacia arriba, hacia el techo o la pared, como si la cosa no fuera con ellos. Pero Jimmy era diferente, él siempre miraba para abajo. Y esa fue su suerte, al menos aquel día.

Junto a sus viejos zapatos, arrugado y mojado, encontró un billete de cincuenta dólares, toda una fortuna para él. Se apresuró a cogerlo mientras observaba a su alrededor y aunque no había nadie más en los lavabos en ese momento, lo dispuso luego bajo el secador, ligeramente sujeto y escondido entre los dedos, al tiempo que se felicitaba. Un fuerte golpe en la puerta de entrada, abierta con una patada, le asustó y a punto estuvo de descubrir su disimulo. Era un bravucón, de esos que tanto abundaban por aquella parte de la ciudad. Jimmy cerró el puño con fuerza para no dejar escapar ni a la vista el billete. Salió rápidamente de los lavabos y en sus prisas chocó bruscamente con el camarero de la sala, cayendo ambos al suelo. Algo aturdido por el impacto, sintió como era cogido por los brazos, no con muy buenas maneras, en intento de reincorporarle... Pero fue, sin embargo, un toque suave en el hombro lo que le volvió a la realidad.

—Señor, estamos llegando. Debe abrocharse el cinturón.

—Abrí los ojos y parpadeé un poco... ¡Uf!, me había dormido. Y durante el sueño creo que viví una especie de escena no escrita de mi última novela.

—Azafata, por favor, ¿puedo ir al baño?

—Si, pero tiene poco tiempo, señor.

—Gracias, no tardaré.

No deseaba bajar del avión con ese aspecto demacrado que se tiene después de haber dormido, prefería asearme un poco. Me lavé la cara y al secarme observé, al pie de la taza metálica del wáter, un papel doblado. Era un impreso de lotería, una quiniela que tenía todas las columnas cubiertas pero no estaba sellada. Vaya, me dije recordando inmediatamente el sueño, quizá esta sea, para mí, mi suerte. Y sonreí mientras me peinaba, al tiempo que, como el protagonista de mi sueño, me felicitaba yo también.

De nuevo en el asiento, en tanto el avión se acercaba a tierra, mi imaginación se excitaba. Sí, es posible que lo sea. ¿Por qué no?..., el sueño fue una premonición.

En tales reflexiones estaba cuando una explosión convulsionó el avión. Rodaba ya por la pista, perdiendo velocidad, y entonces un neumático reventó. El aparato se inclinó ligeramente hacia la derecha, donde yo me encontraba, y una lluvia de pequeños paquetes, prendas y bolsas de mano me cayó encima, al tiempo que gritos de terror y caras de angustia, como la mía quizás, acompañaban el derrape del aparato. Que finalmente se paró, escorado, sin más consecuencias que el suelo lleno de objetos personales y un gran susto en cada uno de nosotros.

Una hora más tarde, mientras aún esperábamos la entrega de nuestros equipajes, tomaba café en un bar de la terminal intentando relajarme. Me acordé entonces del impreso de lotería que había encontrado en el baño, el sueño y... el accidente. ¡Las semejanzas eran sorprendentes, todo coincidía!: el billete de cincuenta dólares y mi quiniela, luego el fuerte golpe en la puerta de los lavabos y el reventón del neumático, la caída de Jimmy y el avión escorado… Está claro, me decía, el sueño es una premonición: debo ir a sellar este boleto enseguida, ¡es mi suerte, mi golpe de fortuna!

Tomé un taxi hasta una plaza cercana a mi domicilio en la que había oficina de sellado, pues no faltaba mucho para el cierre. Después, satisfecho de haber llegado a tiempo, con el corazón aún palpitando por la experiencia y recordando que por mi ausencia de la ciudad en los últimos días no tenía pan en casa, decidí quedarme a cenar en una cafetería de aquella zona mientras, de paso, veía el partido de fútbol de mi equipo por televisión. El cual ya iba perdiendo cuando llegué. Pero no me afectó mucho; no se puede pedir todo en un día, me decía.

Aproveché el intermedio para acercarme a la barra y decirle al camarero que me sirviera un café. En el trayecto, en una mesa próxima, vi a una chica, bastante maja, cuya mirada despertó mi atención. Me resultaba conocida, sin saber de qué. Preferí esperar el café en la barra en tanto la observaba, tratando de recordar e identificarla. Pero no lo conseguí, y de vuelta a mi mesa no pude evitar dirigirme a ella.

—Perdón, no he podido dejar de observarla, me parece que nos conocemos.

—Bueno, no mucho. Hace un rato estuvo usted en mi despacho sellando una quiniela.

Los dos reímos a un tiempo entonces. Y aprovechando el buen humor de su parte y la alegría interior derivada de mi fantástica fortuna, vencí la natural timidez que para este tipo de contactos casi siempre me acompaña. Me senté a su lado y charlamos un rato. Nos entendíamos, y además, lo notaba en sus ojos, le caía bien, le gustaba. Esta es de las que caen en mi bote, pensé. Sí, está claro, este es mi día... De modo que, continuaba, mi equipo remontará el marcador en la segunda parte.

Poco después, bien porque ya era su hora o porque vio que mi atención se desviaba frecuentemente hacia el televisor, ella se levantó y nos despedimos. Momento en el que, como tengo por costumbre, le di una de mis tarjetas pensando que si al final no ligo, al menos me hago publicidad. Y entonces todo el encanto de nuestro encuentro, al menos para mí, desapareció al examinar su silueta en pie. ¡Dios mío, qué culo más gordo!, no pude evitar decirme. Pero ella, ajena a mi observación, se fue alegre y contenta. Estaba claro, aunque no me gustara, la tenía en el bote.

Permanecí en aquella cafetería no sólo hasta que el partido terminó, sino también hasta que pude ver las noticias y saber la combinación ganadora de la lotería. Y mi equipo no remontó, perdió el partido, y yo toda la ilusión al repasar el boleto; uno aquí, dos allí, aquí nada..., uno, dos, tres... Total, sólo tres aciertos en la sexta tabla. Quizá veinte o treinta euros, poca indemnización para tanta fantasía.

¡Qué chasco! Todo parecía ir tan bien. El sueño, el boleto, la chica... Creo que ahí empezó la mala suerte. En su culo, en esas enormes nalgas; las levantó de la silla y todo se fue al garete.

Idiota, iluso, me decía de camino a casa. ¿Por qué tuviste que acercarte a la chica?... Ya tenías bastante con esa quiniela. Pero no, querías ligar, lo querías todo; y eso, claro, no puede ser. ¿No sabes ya lo importante que es la concentración cuando se desea algo? Deberías haberte mantenido en tu sitio, viendo a tu equipo... ¡Ah!, no tienes remedio, no tienes remedio. Ahora, ya lo sabes, a seguir con el trabajo, con tus instalaciones eléctricas y tus novelas.

Meses después de aquel día, que aún no había olvidado, recibí una llamada telefónica solicitándome un presupuesto para realizar una instalación en un chalet de las afueras de la ciudad. Y hasta allí me desplacé, en una espléndida, primaveral, tarde.

Más que un chalet, aquello era una mansión, una lujosa mansión que me impresionó en todos sus aspectos. He visitado casas maravillosas haciendo este tipo de trabajos, pero esta era..., podría ser, mejor dicho, la casa de mis sueños, la casa de mi vida. Estaba situada en un monte desde donde, más que verse el mar, parecía que se sobrevolaba; rodeada de muchos metros de césped bien cuidado que, a la derecha de la entrada, poco antes de una pista de tenis, se convertían en un jardín con un pequeño lago y un puente de madera en un camino flanqueado de flores que conducía a un coqueto invernadero.

El dueño, un señor ya mayor, canoso y delgado pero con ademanes joviales, me recibió en la puerta, bajo un soportal que la cubría y se extendía hasta las ventanas laterales. Recorrimos juntos la casa, y mientras me la enseñaba yo tomaba las primeras notas sin casi poder disimular mi admiración por todo lo que veía. Admiración que él percibía y por la cual se sentía satisfecho.

La parte posterior de la casa estaba por debajo del nivel de la fachada principal, y en el interior se accedía a esa zona bajando unas escaleras que terminaban en el gran salón principal. Con barra de bar, un comedor decorado al estilo de un mesón y unas cristaleras que constituían toda la pared frontal mostrando el magnífico paisaje del mar junto a la piscina.

Nos acomodamos luego en ese amplio y agradable salón para continuar hablando del proyecto.

—Tiene una casa preciosa —le dije.

—Gracias. Perteneció a un futbolista que vino cedido al equipo de la ciudad por dos o tres temporadas, creo —contestó, diciendo un nombre que no recuerdo—. Yo la compré por dos millones, aunque llevo casi otro en reformas.

—Una fortuna, quizá todo el trabajo de su vida.

—¡Oh!, no —contestó mientras sonreía—. Trabajar he trabajado mucho, pero nunca habría conseguido esto con mis ganancias. Fue un golpe de suerte, una lotería... Una lotería accidental.

—¿No me diga? —contesté yo, interesado. Siempre me ha gustado saber sobre las historias de las personas que conozco. Muchas me lo notan y no les cuesta trabajo contarme sus cosas.

—Desde hace años tenía la costumbre de jugar una quiniela todos los días, algo que prácticamente se convirtió en obligación. No hace mucho, regresaba de un viaje en avión y al llegar al aeropuerto, al parecer por culpa de una rueda, el aparato derrapó durante el aterrizaje. Afortunadamente todo se quedó en eso, en un buen susto, un gran revuelo entre los pasajeros y un lío enorme de prendas y equipajes que se volcaron y mezclaron por todas partes... Supongo que en esa agitación debí extraviar el boleto que ya tenia preparado, como cada día, para sellarlo. Luego, en la terminal, revisando mis cosas observé que me faltaba. Hablé con mi hija por teléfono para tranquilizarla y explicarle mi retraso, que probablemente se prolongaría con una larga espera por las maletas. Y recordando que había perdido el impreso y que quizá no llegaría a tiempo de realizar otro, le dicté unos números para que ella misma se encargara de sellarme un nuevo boleto. Y acerté, tuve un pleno como único ganador... Ya ve usted, de no haber sido por ese accidente, habría podido sellar el impreso que ya tenía dispuesto, y entonces... —levantó un instante la mirada hacia el mar que tras el cristal nos acompañaba para luego continuar—, entonces no tendría nada.

Treinta euros, dije para mis adentros conteniéndome de esta nueva impresión que superaba todo lo que había visto. Un ligero temblor recorría mi cuerpo y, completamente aturdido en aquel cómodo sillón, no sé por qué, no le hablé de la parte de la historia que él ignoraba y traté de superar esos instantes dándole continuidad a la conversación.

—Es asombroso. Usted dictó los números...

—Sí, sí, —interrumpió algo entusiasmado— así lo hice, a mi hija. Por cierto, ella fue quién me dio su tarjeta... ¡Oh! mire, aquí llega —y continuó hablando mientras ambos nos levantábamos, él dándose la vuelta para dirigirse a ella.

—Felisa, cariño, ya está aquí el electricista; el señor que conociste cuando trabajabas en el despacho de quinielas.

¡La chica, Dios mío!... Felisa, sí, así se llamaba. Aunque casi no recordaba su nombre, de ella no me olvidaría nunca. Si primero estaba impresionado y luego aturdido, ahora... estaba pasmado. Ella venia hacia mí, bajaba las escaleras balanceando la gran prominencia de sus nalgas con esa misma alegría con la que entonces se me había despedido. Si cabe, aún más entusiasmada, ilusionada con nuestro nuevo encuentro.

—Hola Antonio —me dijo acercándose y manteniendo esa chispa en la mirada que, enseguida, cambió por un gesto de preocupación.

—¿Te encuentras bien? —añadió.

No pude disimular más. Algunos signos de cierta flaqueza general se debieron evidenciar en mi aspecto y tuve que inventar una justificación.

—¡Oh! no, hola..., quiero decir sí. Perdón, simplemente he tenido un día ajetreado y quizá me encuentre algo cansado.

—¿Te apetece un café..., crees que te vendrá bien?

—Pues sí, creo que sí —contesté—, gracias.

—Papá, ¿tu también?

—Sí hija, sí. Vamos, siéntese Antonio, siéntese y relájese. Hablemos de nuestro proyecto, ¿o prefiere que continuemos otro día?

—No, por Dios, no se preocupe, el café me sentará bien.

La conversación se centró entonces en el presupuesto y ello me permitió, aunque sólo por momentos, cierta recuperación de mi equilibrio interno. Hablamos casi toda la tarde, revisando nuevamente la casa, sus habitaciones y otras dependencias. Hasta que concluí en tener todos los datos necesarios para hacer el presupuesto. Y nos despedimos los tres en la puerta de aquel palacio, con muchos deseos por parte de ellos, sobre todo de ella, de volver a vernos, y otros muchos, por la mía, de tomar un poco el aire.

Subí al coche, abrí la ventanilla y comencé a conducir casi como un autómata. Conocía perfectamente el trayecto desde esa zona de la ciudad hasta mi casa y el vehículo parecía circular solo, sin que yo interviniera, mientras me relataba a mí mismo, una y otra vez, toda esta cadena de acontecimientos sin dejar de sorprenderme en cada repetición. Tal era la abstracción que me invadía que, por unos segundos, perdí el control de la velocidad. Un semáforo estaba a punto de cambiar y dudaba entre frenar o continuar.

Finalmente decidí parar. La alerta del semáforo y un frenazo ligeramente brusco rompieron el circuito cerrado en que se había convertido mi cerebro. Estaba anocheciendo, y en el horizonte, sin levantar demasiado la vista, se adivinaban ya algunas estrellas. Mirándolas, me asaltaba esa extraña in-certidumbre que siempre nos sobrecoge cuando intentamos explicarnos sobre el destino y el azar.

Él piensa —reflexionaba sobre mi anfitrión— que el accidente fue su suerte. Pero no hubiera servido de nada sin su obsesión, sin esa testarudez que le llevó a dictar aquellos números por teléfono. El accidente puso a prueba su persistencia y él ganó.

¿Y yo?, ¿qué pinto yo en esta historia?... Bueno, tengo un contrato y una pretendienta, ¡la heredera!

Es posible que ella sea mi suerte...

Pero, ¡Dios mío!, ¿con ese culo? Una orquesta de pitos y bocinas me apercibió de que el semáforo ya estaba en verde mientras aún me lo preguntaba: ¿será ella mi destino... o mi prueba?

Y arranqué el coche al tiempo que rompía a carcajadas, pensando que quizás debería ir a echar otra quiniela.


*Imagen, freepik.com / adaptación

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