20, Octubre, 2019

Sueño torero (II): El arte

El mundo de los toros embriagó mi corazón y mi mente de soñador en una etapa de mi juventud. Creo que así se despertó aquella ilusión, viendo el arte de Curro Romero.

No sé exactamente cuando empezó aquella ensoñación mía de ser torero, pero sí recuerdo —jamás lo olvidaré— la intensa impresión y emoción que viví el día que, por primera vez, tuve la suerte de asistir a una corrida de Curro Romero. Fue unos dos años antes de mi corte de coleta en la plaza de Las Ventas, cuando tenía unos quince, en Sevilla, ciudad en la que entonces vivía con mi familia. Digo suerte porque una entrada para ver a Curro era algo que no estaba fácilmente a mi alcance, suponía un precio demasiado alto para mis posibilidades económicas de aquel tiempo. Pero sucedió que la empresa en la que trabajaba mi padre nos regaló entradas para una corrida que se celebraba el día del Corpus, con Curro Romero en el cartel.

La Maestranza se llenó hasta las banderas y ofrecía una magnifica estampa. Con su especial estructura, ligeramente ovalada, el albero de un tono que yo siempre veo distinto a otros, las gradas abarrotadas de público y rematadas con esos arcos pintados de blanco con adornos en amarillo, probablemente representaba la más hermosa imagen de una de las plazas de toros más bellas del mundo. Y con Curro Romero en el cartel, qué más se podía pedir.

Quisiera ser yo ahora el más hábil escritor para poder llevar a la mente del lector, a su fibra emocional, un imposible de retratar, de comprender y de vivir con cualquier sistema que no sea otro que el de estar ahí, el día acertado, ante el toro idóneo y el artista inspirado y arrojado.

En un momento determinado, Curro, verde y oro, desde el burladero, con un gesto ordenó que se despejara el ruedo y se acercó al toro mientras el bullicio del graderío se iba convirtiendo en un murmullo.

Desplegó el capote y, casi sin citarlo, el toro entró. La primera nota saltó. En un tiento de tanteo entre la cuerda viva del arpa y la mano mágica de quien ya se hizo su dueño y amigo; autoridad y caricia, en justa distancia, en justa medida. Para que desde ese instante una extraña alquimia convirtiera a ambos en uno, efímero y eterno, que nace y muere viviendo ya para siempre en el espíritu de quien lo reconoce.

Luego, Curro, distanciándose ligeramente se recolocó, abrió la tela y la sinfonía comenzó.

El murmullo ya era silencio, y el aleteo de un pájaro ignorante que en esos instantes se hubiera atrevido a sobrevolar el cielo de La Maestranza podría haberse oído con nitidez durante la eterna verónica del maestro. Y en la otra. Y en la siguiente, y en otra más… Y entre silencios imponentes que detenían el universo, no había miles de olés, sino uno solo. La Maestranza era una sola garganta, una sola voz… Toro, torero y público eran una sola cosa que terminaba en un solo aplauso. Los cimientos de la plaza podrían haberse venido abajo con aquel estruendo y todo el mundo habría entendido que así se entraba en el Cielo.

Este escribiente, obrero torpe y diligente del caudal emocional que es la empresa de su vida, se pregunta cómo definir tal arte, el arte del toreo. Y tomando el diccionario, busca la primera palabra y encuentra: «Virtud, disposición para hacer algo. Conjunto de procedimientos para provocar determinado resultado. Disciplina, técnica…». Más adelante: «Acto o facultad mediante los cuales el hombre expresa lo material o lo inmaterial»… Sí, quizá sea eso. Aquello que nos traslada al misterioso mundo de lo etéreo a través de alguna forma o acción física, recordándonos instintivamente el alma de dioses extraviados que aún late en cada uno de nosotros; desesperada por volver a su cauce, por regresar a casa, al hogar mágico que en extraño arrebato abandonamos. El arte es cualquier cosa que nos revive, aunque sea por una fracción de segundo, la divinidad casi olvidada que no queremos perder definitivamente... En el trance y compás de aquellas verónicas de Curro Romero conseguimos por unos instantes sentir esa atmósfera infinita y liberadora, sutil e intensamente a la vez, en el lugar de mágico equilibrio con nuestra realidad física, un cierto lugar al que nos traslada el baile mortal entre toro y torero. Porque eso es torear, un baile de sublime elegancia entre la vida y la muerte, con el justo tiempo y la justa medida para que ambos se besen fugazmente como jóvenes amantes en travesura de amor con las leyes del universo. Y fugazmente sean un suspiro común, único, cuyo aliento nos llega diciéndonos que no todo está perdido, que el cielo sigue esperando lo mejor de nosotros. Un mensaje de amor que no siempre entendemos, pero que capta, en brusco despertar, nuestra deidad dormida.

Así nos conquistaba Curro, el bailarín que, como larga capa de lentejuelas vibrantes colgada de su silueta torera, nos arrastraba en la melodía de sus pases de capote y de muleta.

Todo esto, o algo así, es el arte del toreo. Innegable, incuestionable. Arte.

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*Imágen, Vladimir Terán, www.foter.com

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