23, Diciembre, 2019

La estación de Valladolid

Había recorrido varias ciudades visitando distribuidores y medios de comunicación, logrando importantes reportajes publicitarios y entrevistas de promoción. Pero aunque en todas partes se sorprendían de mis explicaciones y me felicitaban, casi nadie me compraba, y mi gira comercial terminó en un completo fracaso económico.

Es un invierno de principio de los años ochenta. Agotado, sin dinero suficiente para pagarme transporte o un hospedaje, regreso a casa en autoestop; en plena noche, con un frío que corta la piel.

A las tres de la mañana me encuentro al pie de la autovía Madrid–La Coruña, al abrigo de una estación de servicio, en un cruce cercano a la carretera de Valladolid por donde ya no circula nadie. He tenido que ponerme un pijama como ropa interior y otro pantalón más, debajo del que llevo, para poder soportar el frío.

Casi a las cinco, por fin alguien aparece compadeciéndose de mí. Es un panadero con su furgoneta de reparto, que puede llevarme hasta Valladolid, punto que nada tiene que ver con mi camino. Pero, según me aconseja, allí puedo refugiarme en la estación de ferrocarril y tomar un tren por la mañana. Le hago caso sin decirle que ni siquiera tengo dinero suficiente para comprar un billete; al fin y al cabo, cualquier cosa es mejor que seguir helándome en la gasolinera.

Así llego a la estación de ferrocarril de Valladolid. Y entro, desconcertado, en una estampa escalofriante: al calor de los calefactores, el hangar de la estación está lleno, abarrotado, con todos los pobres, vagabundos y medios locos de la ciudad. En los bancos de espera, en el suelo, recostados en paredes y columnas... La impresión casi me paraliza. Me siento como trasladado a otra dimensión, no sé que hacer. Y ando confuso entre sus cuerpos desgraciados observándoles, buscando un sitio para mí.

Casi todos están dormidos, en un gran silencio que alguien rompe de vez en cuando con diálogos imaginarios. Se trata de un hombre, excitado, que pasea con un mechero de plástico en la mano. Simula tener el mando a distancia de un Mercedes aparcado ante las cristaleras que dan a la calle. Grita presumiendo de su coche, intentando llamar la atención y transmitirnos su entusiasmo delirante.

Un chico joven, de aspecto terrible, me hace un hueco al pasar por su lado y me siento en el suelo dejando caer la espalda sobre la pared, acomodándome junto a él. Tiene un ojo de cristal que rompe con crudeza la cara de su juventud. Pero es extraordinariamente amable conmigo, y aunque me cuesta trabajo asociar ese semblante duro a su cordialidad, más sin conocernos, su actitud es una especie de salvavidas en el aturdimiento que me invade.

Sentado en el suelo, como un anónimo más en la escena de la que ya formo parte, con mi maletín de ejecutivo, mi chaqueta y mi corbata, al tiempo de la conmoción, me siento ridículo. Si me vieran ahora los periodistas y locutores que me entrevistaron, los amigos, los que me advertían como triunfador y los que me envidiaban, mis padres... Así pienso mientras observo el horizonte doliente de cuerpos que se me presenta, preguntándome el por qué de esta experiencia para mí.

En la zona del hangar más cercana al andén veo a una señora mayor. Quizá pase de los sesenta. Su imagen me transmite una triste ternura. Vistiendo bata casera de un rosa desgastado, de esas ligeramente acolchadas, de rombos, duerme sobre un banco de madera. Me llama la atención que tiene las zapatillas en el suelo, en un lateral del banco. Se levanta al cabo de un rato, se calza y camina hacia el andén; los servicios están fuera del hangar, a unos cincuenta metros. Siento su frío y una gran pena al verla caminar. Vuelve y se acuesta tras haber colocado de nuevo las zapatillas al pie de lo que es su cama.

Mi compañero de hueco no para de hablar, de buscarme con esa extraña mirada enfriada por el cristal de su ojo tuerto. Me cuenta que lo perdió en un tiroteo con la Guardia Civil, en los Pirineos; que era camarero en Francia y había colaborado con la ETA... No dormimos, se pasa todo el tiempo contándome sus cosas, yo casi no hablo. Es lo que quiere, lo que todos necesitan, que alguien les escuche. Así pasamos el resto de la noche. Luego, entre los dos, reunimos algo de dinero para comprar una cerveza y un cigarrillo suelto que compartimos como desayuno.

Amaneciendo empieza a llegar gente. Se abren las ventanillas expendedoras de billetes, los quioscos de prensa… Y el hangar, gigante teatro de desdichados, se va transformando. Llegan otros actores, los de la vida normal, los que han dormido al calor de sus cosas, mientras el mar de cuerpos ignorados que es el suelo de la estación, removiéndose con triste desperezo, se disuelve en la agitación cotidiana que se desayuna los sentimientos como quien traga sin masticar.

Los trenes comienzan a circular y decido subirme a uno sin billete, del cual me echa el revisor tras algunas paradas. Pero repitiendo la operación ininterrumpidamente, y en un rosario de estaciones y trasbordos, consigo por fin llegar a casa.

Llueve. Los adoquines mojados de la calzada de mi calle reflejan, como una acuarela gris, las casas laterales. En la mía solo me esperan los ratones. Hasta hace unas semanas la compartía con un grupo de estudiantes cuyos excesos en el consumo de todo tipo de drogas los han trasladado al cementerio o al manicomio, y a los supervivientes a sus respectivas casas, rescatados urgentemente por la familia.

Ahora, los ratones de esta vieja casa son mi compañía. Pero ya me he acostumbrado a ellos, y creo que ellos a mí. De vez en cuando corretean por la mesa de mi cuarto mientras escribo algún relato para aburridos concursos en los que ya estoy empezando a cansarme de participar; y ya no me sobresalto ni me repugna su presencia. Por la noche, mientras leo en el salón, poco a poco empiezan a salir de sus agujeros y pasean con confianza. A veces les pongo algunos trastos en medio de la sala; una botella, una pelotita o unos trozos de galleta. Luego los observo en pausas de la lectura y el espectáculo me relaja.

Muy cansado, casi sin comer desde hace varios días, me acuesto con la única satisfacción de poder darle a mi cuerpo todas las horas de sueño que desee.

Al despertar he perdido la noción del tiempo, ignoro si he dormido horas o días, y mi sorpresa, no demasiada, es que me han cortado la luz. Son las cinco de la tarde, no sé de que día. Voy a la panadería de enfrente, compro un bollo y me vuelvo a casa pensando en cómo haré la comida. No puedo aguantar más y me lo como de inmediato.

Más tarde, casi desesperado, intento freír unas patatas con una vela bajo la sartén. Y alumbrado por los reflejos de la llama, a la espera de tan lentísimo proceso, reflexiono sobre el viaje.

El recuerdo de la señora mayor que dormía sobre un banco, dejando sus zapatillas como al pie de su cama, sigue conmoviéndome. Pasamos una noche bajo el mismo techo, pero ahora, como siempre que llego a situaciones extremas, mi suerte no tarda en aparecer. Alguien llama a mi puerta ofreciéndome todo lo que necesito, nueva casa y nuevo trabajo. Y pienso en si la suerte tiene un precio que ella no pudo o no quiso pagar; en cuál será el mío y quién me lo pedirá; en si alguien la despertará de su triste sueño en el hangar; en si sólo estaba allí para, mirándola a ella, verme yo a mí… Nunca sabrá de este extraño protagonismo, su imagen eternamente presente en mi mente.


*Imagen, masmochilaymenosrutina.com

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